domingo, 22 de diciembre de 2013

VENTE PA MADRID, X.L.



De la nada vacía a la nada llena. Tan simple como llenar un vaso de agua o mordisquear una aceituna sin hueso. De la nada a la nada. Un paseo sin paisaje. Sin distracciones. Ni venta ni arroyo ni árbol ni sombra. El ojo no mira nada y así es como lo ve todo. ¡El ojo es tan impresionable! Igual que una niña de provincias. Hubo... Había una vez un poeta raro y olvidado quien, antes de acostarse, tenía por norma sacarse los ojos. Ponerlos, amorosamente abiertos, en la mesita de noche, junto a la estilográfica y el paquete de cigarrillos a medias, para que siguieran viendo las ocurrencias de la noche que el mismo se perdía. Mas, a la mañana siguiente, con la luz y los cacareos de un gallo vecino, fue a buscar sus ojos, y no tenía ojos para encontrarlos. Fue un fracaso, pues, su valentía.

Sin embargo, al cabo de muchos años pudo ver –lo dicen así hasta los más ciegos- la muchedumbre de consecuencias que aquel idiota proceder suyo, le empezaba a reparar, ya que los ojos, a su albedrío, siguieron abiertos, como las boticas de guardia y los confesionarios, mirándolo todo lo que para él era nada. Y guardándoselo, por si era el caso que algún día, él, tanteando los perfiles de las cosas que lo cercaban, lograba por fin recuperarlos.

Sin quererlo, aquel poeta raro y olvidado, al cual algunos confunden con Simónides de Ceos, había inventado la memoria. Esa mecánica anónima capaz de sacarnos de la nada vacía, de piscina con hielo, y trasladarnos a esa otra nada llena, satisfecha, que es sentarse prudentemente, a decir y escuchar nuestros recuerdos.

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