viernes, 10 de julio de 2020

CONSIDERACIONES SOBRE EL INSULTO



El insulto no es más –ni menos– que una respuesta involuntaria –y por tanto impropia– a una circunstancia originada en exclusiva por el otro, ante la posibilidad de, caso de no responder de inmediato, perder la condición de sujeto en la misma. En este sentido, el insulto se expresa con la misma naturalidad que la aquiescencia –el aplauso unánime–, ser medida de absolutos. El rechazo pleno o la entrega total a la causa del otro.

El insulto es el recurso a un a-priori de carácter universal (tonto, feo, idiota, maleducado…) con el que se pretende tachar la actuación circunstancial del otro. El insulto, por tanto, no es conclusivo sino constitutivo. El aludido se toma en tanto parte de un todo que desde donde se califican todas sus actuaciones por adelantado. Haga lo que haga éste, será una bobería, si es bobo lo que se le está llamando, por el momento.

El insulto, en su generalización de lo particular, se convierte de inmediato en un argumento que el insultado debe refutar con pruebas acerca, no de la justeza de esa apreciación (siempre subjetiva) y sí de lo impropio del insulto, so pena de quedar descalificado por algo que, probablemente, ni venga al caso en discusión. La pretensión del insulto es pretender convertir a su víctima en acusado (del horrendo crimen de ser lo que es.

“Escucha el reproche de los necios, es un título real”, nos dejó dicho el poeta William Blake, aunque tampoco haya que insultar para defenderse. Y además, dependerá de las circunstancias en que se encuentren los afectados. Hoy, en España al menos, hay quienes prefieran, pese a todo, estar de la parte de los necios.

Dice un refrán popular: No insulta quien quiere sino quien puede. Pero eso, más que un insulto, resulta ya una sentencia que con tiempo originará jurisprudencia. Una prerrogativa exclusiva del Poder, como bien parece haber aprendido Pablo Iglesias al solicitar, desde su vicepresidencia, naturalizar el insulto. O sea, que quede en manos de quien puede, cuando lo más natural es que insulte quien no tiene otro medio para expresar su malestar. El exabrupto.

viernes, 12 de junio de 2020

CINCO ESQUEJES SOBRE LA INFORMALIDAD



INACCIÓN DIRECTA: No actuar cuando se espera.
                                         No actuar donde se espera.
                                         No actuar como se espera.

INACCIÓN DIRECTA: Negativa a reducir la respuesta al espacio
                                          originado entre los límites de la interro- 
                                          gación.

INACCIÓN DIRECTA: Ruptura con el factor determinante en la
                                          sucesión lineal de los hechos.

INACCIÓN DIRECTA: Inquietud. Estado de máxima expectati-
                                         va. Neblina que cae sobre las Causas.

INACCIÓN DIRECTA: Impedir que la acción concluya.

jueves, 4 de junio de 2020

DERIVAS


Comencemos advirtiendo que ninguna definición, por más que quede por escrita, anula la multiplicidad de posibilidades abarcadas en la cosa definida; cosa material o inmaterial. Con las cosas pasa que no contestan, pero de ello no debe deducirse necesariamente que se den por satisfechas con lo que se dice de ellas. En el vaporoso mundo de las palabras –de las que la definición se aprovecha con sobrado dominio– el silencio no otorga nada. A las palabras, más que a ninguna otra cosa, las ampara el derecho de no hablar en su contra, de no delatarse si las interrogan.

Prosigamos con algunas preguntan que delimitarían la cuestión principal. ¿Son cosas las palabras –cosas inmateriales– o se quedan en el simple nombre de las cosas –materiales, pero también inmateriales– que señalan? ¿Son las autoras de su papel en la obra que construye en su entorno o actoras que asumen el papel correspondiente a las coas en su representación de lo mundanal? ¿Existen en sí o porque no podemos cargar encima todas las cosas de las cuales hablamos? Si hay que “hablar con propiedad” ¿debemos estar en posesión de las coas de las que hablamos o vale con el mero desear de las mismas?

Excurso. La propiedad y el deseo, animados a corregir a Luis Cernuda desde la perspectiva que nos da la “reapropiación posmoderna de bienes” que el capitalismo triunfante ha emprendido con no menor crueldad que sus ancestros primitivos. Pero ésta sería una cuestión a debatir en otro momento. Por ahora y aquí, nos basta con sugerir, a modo de hipótesis de trabajo, que las palabras y la acción de hablar consecuente, hoy día se asemeja en mucho al empleo de las tarjetas de crédito en el pago de las cosas que queremos, al menos por cuanto tratan de no hacernos  perceptible, en lo inmediato del gesto, que se trata de nuestro capital del que tiramos para pagar y hablar, capital que queda en manos de un ente fantasmal (en el sentido de que él ocupa nuestro mundo sin permitirnos incursionar en el suyo, lo cual sería un acto de piratería), y es quien se reapropio de los intereses.

Responder a la pregunta de si las palabras son o no son cosas, requeriría poder contestar desde el afuera, el exterior de las palabras. Un imposible que, no obstante las dificultades que en buena lógica ofrece, viene a resolverse en la ficción, incluidos los inventarios más “veristas”, como, por ejemplo, Tentativa para agotar un lugar parisino de Georges Perec. Esto es, el ahí donde las palabras se olvidan de ser meros referentes de lo existente visible para regodearse en su absoluta presencia. El “Había una vez…”, en tanto el espacio único y natural de las palabras antes de que las lenguas lo confundieran todo.

Pero, miré usted, ¿esto a dónde nos lleva? Sinceramente, no lo sé y no voy a hacer más por saber. Hemos entrado, acaso por la puerta trasera, en un terrero en el cual pintar una pipa obliga a añadir que la tal no es una pipa (René Magritte). En el que hablar nos trasforma en espectadores alelados de lo que hablamos (Guy Debord). Donde sólo hay vida en los intersticios (Peter Handker), más ¿en los intersticios de qué? Donde la escritura se ha vuelto la torpe cartografía de una visita guiada. Sin embargo, la pretensión de volver a definir –a lo que se parece mucho eso de la nueva normalidad– no sería distinto de volver a cenizar (Lezama Lima). Y no estoy por la labor.

Ayer mismo me escribía mi amigo Xosé Lois Gutiérrez: “…para un autor serio lo que escribe no puede ser algo que deba tomarse verdaderamente en serio.” Y yo le contesté: Si hay quien toma en serio algo que has escrito, como su autor, no deberías darte por aludido.

martes, 12 de mayo de 2020

MAL NOS VA

El individuo moderno –el individuo del presente, del hoy– parece hábilmente diseñado para creer en todo sin que ello le provoque malestar alguno. De “la duda me mantiene”, que expresara un Miguel de Unamuno animado a dar cuenta, con su propio ejemplo calcado de quijotismo, de un individuo indeciso, precario, pero a la vez capaz de nadar en el obstinado bamboleo de un devenir irremediable, se ha pasado, sin pena ni gloria, a un individuo –el nombre se conserva aunque la cosa cambie– que nada más baila si la música suena. Un ser que, por paradójico que vayamos a verlo, no se singulariza sino en el seno de un plural cuya mejor, y casi exclusiva, representación es él mismo. Un punto sobre el plano de la multitud.

Mal le fue a Unamuno  “manteniéndose” en su secular desconfianza. Le llevó a pactos con Dios y con el Diablo, saliendo mal parado de su trato con ambos, y con otros diosecillos menores y circunstanciales del Olimpo de la política, no conviene olvidarlo. Un gallego le habría dicho, Vale no creer, don Miguel, pero al menos hay que no parecerlo. Que te vean en misa y en la taberna sin el semblante descompuesto. La razón se la dio el tiempo al gallego reculón mientras se la arrebataba al vasco vertical, quien, a la hora de hablar de veras, solía acabar muy enfadado si veía que consentían con su disidencia. Algo que un individualista a la vieja usanza, con alma de torero solitario, no puede permitirse. Antes sospechará que en algún momento se ha traicionado al hacerse merecedor del unánime aplauso del “respetable”.

En la actualidad, el individuo que quiera ir de cara, así un individualista clásico –el anarquista que las caricaturas de la época pintaban con la bomba, como un queso de bola, bajo el brazo–, contra el plural –la grey que más tarde o más temprano acabaría ovacionando su torpeza en ser como los demás, dada su enorme capacidad para asimilar las excepciones sin alterar la normativa–, tendrá que volverse un terrorista. Pero no un terrorista cualquiera; ese que tira la piedra y corre a esconderse entre los suyos, a refugiarse bajo su bandera. En todo caso, aquel otro que en lugar de actuar contra nadie, no sabría escoger, opta por permanecer en una expectativa perpetua. Escoge, como Dios en su sombra placentera, ser la amenaza de un juicio final en el que todos, él incluido, serán condenados en el mismo lote. Y mientras siga sonando la música que marca el ritmo de los bailantes, el anonimato absoluto; prolongar la ausencia de la fiesta, en tanto la única forma de inacción directa, con la que a lo mejor, pues nadie se libra de contar entre los elegidos, confía en merecerse una rebaja de la pena.

Mal le irá, cono mal le fuera a don Miguel, pero no peor, a este individuo que, en su arrojo desmedido, no quiere ser el individuo moderno a quien, por bailar al son que le tocan, la Historia ya le ha garantizado (el mito de la democracia de todos) un papel en su Tiempo. Probablemente ni siquiera cuente, en el futuro, con el cineasta nostálgico, el erudito financiado, que lo recupere y lo encaje con fingida exactitud, con fórceps,  en el devenir de los hechos del rompecabezas incompleto que no deja de ser la Historia. Aunque no crea yo que eso le vaya a importar en demasía.  No da la impresión de que este presente tenga el futuro asegurado en el que los cineastas puedan grabar ni los eruditos indagar en lo que no deja de ser un pasado que, bien mirado, nunca fue.  

domingo, 3 de mayo de 2020

PARAR PARA REPOSTAR


Quien no presume dEl bar donde echó sus mejores momentos, es que nunca tuvo un lugar seguro donde ir a cobijarse y no sentir el agobio de la vuelta a casa como el fracaso escondido en cada retorno; en cada una de las veces en que volver a la casa –esa casa que ya no es circunstancial, como la de Padre– significaba renunciar a la escapada, retomar el destino que no lleva a ninguna parte, que se repite lo mismo que el fácil estribillo de la canción en la que reposa el material de sus sueños.



El recurso a lo poético le da a la nostalgia el brillo del lamento –¡Ay, de Granada!, ¡Ay, de Granada!- La memoria, si es fértil, se niega a ver las ruinas del presente. En el recuerdo, esas ruinas añosas todavía son la vieja construcción esplendorosa que resiste al tiempo y permanece abierta, dispuesta, entregada a uno a cualquier hora del día y todos los días del año. Aunque la verdad sea otra –siempre es otra la verdad– muy distinta, que viene para imponerse con la severidad de un centinela acechante en el interior de su garita.



Porque aquel bar de un entonces perenne, y todos los bares ocasionales, están cerrados a día de hoy, cuando al fin he podido recuperar mi paseo cotidiano; el paseo que venía dando desde que el mundo se redujo a mi mundo de cuatro esquinas firmes. En él había un bar, distinto cada vez y el mismo cada día, que me provocaba, me atraía, me llamaba. Cansado de mi andadura; acostumbrado a partir el viaje en dos, entraba allí y echaba un rato sin medida, estirado hasta el último aliento. Luego, salía tan recompensado, tan pagado de mi mismo, que la de la vuelta se me ofertaba la única dirección que no iba a suponer una renuncia, a sabiendas de que había de volver mañana, como el sol al que sólo los muy parvos reciben con aplausos por la novedad.



Pero hoy, todos sabemos que figura en los mandamientos de la nueva normalidad, los bares no abren, ni de día ni de noche, para ofrecer ese amparo que todo ser errante necesita y repostar. De modo que he seguido andando. No he parado de andar hasta que he superado el límite permitido y más allá, en tierra de nadie. Porque ¿a dónde van los perros cuando los sueltan? Se lo tendré que preguntar a mi amigo Emilio, si me paro alguna vez y encuentro recado de escribir.

martes, 28 de abril de 2020

LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN




La cuestión íntima, y otra, que nos viene a plantear la situación de confinamiento frente a la hostilidad manifiesta de Covi19, es si podemos enfrentarlo desde el individualismo más radical –del “Sálvese quien pueda” al heroísmo anónimo– o si, por el contrario, es preciso disolverse como individuos en la masa gregaria, cuya principal característica, eso por lo que se la reconoce, sea la pasividad: desde el “A buen recaudo” hasta la resistencia clandestina. El encierro al cual nos vemos remitidos, exclusiva respuesta en un mientras tantos con visos de perpetuo, se reserva un significado secreto –ciertamente no muy bien guardado–: mantenernos como las innúmeras islas de un inabarcable archipiélago; enclaves en un  territorio incierto –su representación clásica es el mar– unidas por aquello que al mismo tiempo las separa.



Lo curioso de esta situación no tan anómala como la traíamos pensada, y dando por válido que no cabe otra mientras el “enemigo principal” continúe dominando el terreno, está en que, a su aire, parece resolver el dilema si individuo o masa, de manera no disyuntiva, en la medida en que las bifurcaciones que se nos ofrecen no superan los “horizontes del jardín”, siempre a la misma distancia. Sólo si nos mantenemos en el aislamiento, casi uterino, por voluntad y responsabilidad individual, nos encontraremos agrupados. Ya no es lo circunstancial –clases, el bien común, la nación o la pertenencia a un equipo de fútbol– lo que nos amasa [y nos amansa], sino esa peculiar voluntad personal de pertenecer, lo que, precisamente, nos individualiza. La red de la que formamos parte puede que sea infinita, pero en ella “Yo estoy en mi puto centro”; de Mí parten todos los hilos de la misma. Así se siente, más que se piensa, casi de forma mítica.



Puede sonar paradójico, y seguro que paranoia producida por la soledad, no por compartida en sus apartes menos gravosa, pero quizás estemos asistiendo a la creación del ensueño de todo Poder que se precie de sí mismo: un “individualismo gregario” que, pese a la contradicción de los términos, viene para quedarse, en aras, se dirá con la pomposidad que el tema requiere, de la seguridad de cada cual y del Todo, no de todos. Tanto si el individuo no reacciona, como si la masa no se pone en movimiento. Hacia dónde, de verdad que no tiene la menor importancia. La amenaza subyacente de un Orden mejor es todavía más terrible que el desconcierto.