jueves, 11 de septiembre de 2014

COSTUMBRISMOS




Hay tontos bien vestidos (Martín Olmos) y los listos lo prefieren lucir de zarrapastrosos. Los listillos aportan el término medio, que es virtuoso. Visten de Zara o de HM como antaño lo hicieran de Cortefiel. Bien conjuntados lo de arriba con lo de abajo (a excepción de los calcetines a cuadros de múltiples colores), como la suya es ropa barata y fácilmente desmontable, tampoco les resquebraja la economía casera cuando les toca cambiar de temporada para así andar siempre a la page.

Por lo general suelen ser los más jóvenes de las proximidades. Ofician, entre tanto cumplen años y expectativas paternas -como si las madres no contaran en el futuro, fuesen las madres de usar y tirar como los kleenexes- de Comercial en la banca privada, que es toda bien mirada, menos los titulados en Bellas Artes, que sirven de camareros noctívagos mientras les llega retrasada la oportunidad de montarse la perfomance o vender la esculturilla que para entonces ya resulta una pieza de vintage. En el Barrio de las Letras, en el Madrid más añoso, son muy abundantes de un tiempo a esta parte, sobre todo desde que nos abrieron un Carrefour Express haciendo esquina con Caixa Forum.

Hay tontos bien comidos y los listos, no sé, pero más parece que les gustara aparentarse hambrientos. Los listillos, en esto también celebran la equidistancia. Es fácil encontrarlos, a la hora de ir tú a comprar el pan, adelantándote en la cola de la caja del Carrefour. Cargan láminas de jamón cocido jamón de pato salmón sin brillo cuidadosamente prensadas; dos o tres latas de coca cola light; si acaso un teta de leche desnatada y, en el mejor de los casos, un paquete de pilas pequeñitas para el suena-músicas de bolsillo. Nada de particular en cualquier caso. Lo raro sucede justo cuando están pagando y la atenta cajera les solicita si quieren una bolsa de cinco céntimos. No, responden así como ofendidos. Y sacan de la nada la suya, que es del Club Gourmet El Corte Inglés. Ufanos por el desagradable deber cumplido, salen sin desearle un buen día a la muchacha que los ha atendido y regresan a casa procurando hacerlo por el camino más largo y agitando la bolsa con fingido disimulo, así tramaran uno de esos poemas de acción privados con que tan falsamente nos premiamos. Pero no voy a ser yo quien se lo advierta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario