jueves, 12 de junio de 2014

SIGUE LLOVIENDO



Pone tristeza acercarse a viejo. Y digo bien: acercarse, pues viejo, de ser algo de lo que se pueda escribir, es una espera que se eterniza en ella misma. Nunca se llega a viejo. La muerte lo interrumpe y la espera no se cumple: se trunca. ¿Desilusión? Si lo quieres ver así. Mas no creas que por ello andas acelerando o retrasando el tiempo. Son las gotas de un diluvio universal, y no sé por qué se me ocurre pensarlo así. Llueve. Siempre está lloviendo. Cuando Federico García Lorca llegó a Santiago, eso fue lo único que vio.

A las cosas se les concede una segunda existencia. A los seres humanos, no. Al menos no aquí, lo cual es suficiente para asegurar tajantemente que no. Ni aquí ni en ninguna otra parte. De haberla.

Las cosas no envejecen, se estropean, se escacharran, se vuelven cacharros inservibles. Y, por lo normal, se tiran o se olvidan a buen recaudo, no obstante. Lo primero –quiero creer- por generosidad: alguien más menesteroso que yo lo recogerá. Lo segundo –estoy convencido- por una secreta avaricia que nos impide desprendernos definitivamente de algo que una vez fue nuestro y nos prestó un gran servicio aquella vez. Sea como sea, las cosas ‘viejas’ pese a todo, rotas, escacharradas, reaparecen un día como ellas mismas. Presencia absoluta. Plena apariencia. Inútiles, torpes y, por tanto, admirables. Hay hasta quienes pagan por ellas cantidades exorbitantes para luego colocarlas en un lugar preferente del salón de la casa propia, donde, por cierto, las otras cosas del día a día, siguen envejeciendo, estropeándose, escacharrándose a escondidas.

Así sea que se prefiera hablar de estas cosas como cosas antiguas y no como cosas viejas en la segunda vida de las cosas. Pero a eso es a lo que nunca alcanzan los viejos seres humanos. La muerte lo impide. Casi siempre a tiempo, también es verdad. Ocurre que los seres humanos somos incansables, y si no fuera porque nos pusieron una fecha de caducidad irremediable, a lo más probable nos daría por seguir envejeciendo sin jamás ser viejos por completo; sin lograr ese momento imperceptible en que las cosas, ellas sí, pasan de viejas a antiguas y ya se quedan en un lugar preferente de la casa para siempre.

¿Nueva desilusión? Mira tú que no es una edad, la de viejo, para muchos tropiezos. Con uno basta. Llegados hasta aquí, con tanto  embrollo de por medio, la pregunta es si los seres humanos pasaríamos, tan conformes como las cosas, de viejos a antiguos. Conozco a algunos que sí; por ejemplo mi amigo J.M., pero ¿la gran mayoría que daría validez a la encuesta? No lo sé. Ni me importa, siendo sincero. Además, que esa sería una decisión tan personal e intransferible como el mismísimo dni [del cual somos portador para ver quién somos cada uno] y no hay, al respecto, el que se ponga en lugar de nadie.

Con todo, a los seres humanos nos queda el consuelo de las fotografías. Los seres humanos también gozamos de una segunda oportunidad, de un revivir cosas en los retratos. Y sabes lo mejor, hasta Susan Sontag sostenía que las fotografías ganan hermosura con los años que ya nosotros no cumplimos y ellas, en cambio, sí. Pero a mi amigo J.M. esta situación de ser cosa en un retrato y durar para siempre, no le reconforta en absoluto. Quizá porque no haya ido nunca a Santiago y no haya visto que sigue lloviendo incluso después de escampar.

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