jueves, 28 de febrero de 2013
miércoles, 27 de febrero de 2013
martes, 26 de febrero de 2013
LOS PECIOS (fragmentos)


Milagro, portento, ocurrencia,
en fin, sin origen reconocible, sin principio datable. Por ejemplo, recibir –en
tu onomástica, con ocasión de los Reyes Magos de Oriente- el regalo no
solicitado en la carta a los Reyes, en las insinuaciones –no tan veladas por
mor de hacerte entender a fin de cuentas- con que días antes de la fecha
señalada bombardeas a familiares y amigos más obligados, pues ellos (los Reyes,
los familiares, tus amigos del alma) ya deben estar informados al respecto,
supones con gran concordia.
Milagro, maravilla,
prodigio, suceder que no obstante su dificultad manifiesta, se cumple en lo
imprevisto. Hecho donde la sosegada añoranza deviene transformada en cosa y la
cosa tiene los perfiles concretos (como no podía ser de otra manera) de la nostalgia.
Y que cada cual incluya, a continuación, su ejemplo más complaciente.
*En el mundo familiar a
los pecios los llamamos trastos sin ninguna ceremonia. Trastos viejos,
alpatanas, que se arrinconan con cierto deje proustiano en cualquier lugar recóndito
de la casa; del salón en el ángulo oscuro.
Mas siempre cerca, siempre al alcance de la mano, la parte del ‘cuerpo
organizado’ más ávida de recuerdos y en cuya naturalidad se confía.
Quizá se eluda el nombre
de pecio –resto de la nave naufraga que alcanza la playa- en favor del de
trasto, bártulos, antigualla, para no indicar con ello que la vida familiar
también transcurre en el mar y, como en el mar, en condiciones inciertas si no
aparatosas; en la zozobra que amenaza la navegación y ya presagia el naufragio
en lontananza.

Los cacharros abollados de una cocinica. Los soldaditos de
plomo mutilados. Los tebeos descuajaringados, nos hablan, a la larga, de la
fugacidad de la memoria; de la imposible empresa por conservar una memoria
completa, veraz, de unos hechos que, supuestamente, deberían seguir ahí para
volver.
(Pero los juguetes rotos siembran de
trampas el camino de regresos.
Pecios de la edad.)
Hay una maldad –preconstitucional, ilegítima- en la
perseverencia de los padres en conservar los juguetes rotos del hijo.
Con ellos le regalan la mayoría de edad.
Con ellos se despiden.
*El cuerpo se vuelve
presencia, absoluto, una vez el alma lo abandona, porque para entonces es ya un
cuerpo en ruinas, las ruinas de un cuerpo que fuera gozoso mientras contuvo un
alma, que ahora lo abandona la primera, en esto como las ratas, al presentir el
naufragio, la desdicha.
A la playa llegan restos
del naufragio habido mar adentro, pecios de los cuales se apropia el
desaprensivo bañista que lo vio todo sin acercarse presto por si había de
ofrecer alguna ayuda. No tiene miedo que le ocupó antes, cuando no acudió, pues
–lo sabe- las ratas no nadan hasta la playa. En esto, como el alma, las ratas se
pierden, desaparecen –que se volatilizan, lo diríamos de creer en el milagro-
para, sólo mucho después, reaparecer, resucitar –alma y ratas- en la memoria:
en los relatos siempre beneficiosos de las proezas que realizó el barco antes
de irse a pique -como es irse a ninguna parte-; en las alabanzas de la vida
clara, sin matices, que en vida llevó el muerto.
lunes, 25 de febrero de 2013
Tres tristres trigres
Que el lenguaje anda pervertido
últimamente, nadie se lo cuestiona. ¿Para qué? Conviene. Como, al parecer,
nadie habla ni escribe bien, con la precisión debida, resulta más fácil meter
digos por diegos y diegos por ¡bendita sea la madre que te parió, Prócer!
Debiéramos, no obstante, distinguir dos
tipos de perversiones al respecto. La una: formal, de grafías y ortografías,
cuya culpabilidad, mayormente, se viene achacando a los jóvenes de todas las
edades en su maléfica alianza con las nuevas tecnologías (¿de la comunicación?)
y con la simplificación como único objetivo; lo cual, si no es el sueño de los
filósofos, poco le falta: meter el máximo de significados en el mínimo de
significantes, palabra de dios.
La otra: conceptual; el empleo
desvirtuado de un ‘conceto’ (Manuel Manquiña en Airbag) que, en cualquier caso, se expone
a la vista de todos en su magnificente apariencia, perfecto como un haiku, con
la única intencionalidad de amañar su verdadero sentido, si es que tal cosa la
hay.
De aquella poco merece la pena comentar
en tanto producto del estado de inocencia característico de la juventud,
carente de otra maldad que no sea la prisa. Esa ligereza de pies que les hace captar
las cosas a su alrededor de manera oblicua, de soslayo, como de refilón, pero
en la que no faltan las veces en las que acaban dando con un gran acierto. Por
ejemplo, cuando abrevian ‘finde’ por
fin de semana. A lo mejor sobreentienden (que es manera de entender sin
enterarse) cómo a falta de semana laboral no hay, para un fin de semana completo,
los dineros suficientes. ¿Lo pillan? Pues ellos sí que pillan lo que pueden.
En cambio, de esta, la segunda, se
podría hablar hasta quedarnos mudos como quisieran. Porque no hay error ni
falta en cuanto dicen, tan sólo mala intención. El deseo de que nadie ‘les
pille’ nada de lo que hablan, pues no era eso lo que hablaban. A fin de cuentas
(las cuentas del Mercado), sobre todo son suyas las palabras. Mas la policía no
es tonta (es mala, muy mala, lo peor) y cuando ve un cigarro apagado, hasta se
siente capacitada para testimoniar que allí alguien ha fumado. Como García Revenga,
secretario de las niñas, asegura que su presencia en Nóos fue ‘testimonial’,
aunque ahora se muestre remiso a ofrecer verdadero
testimonio de cuanto pasaba por allí: No
pienses que te espío, / no llego a ser tan ruin; /es torpe que tú creas / que
quiero "sorprenderte en un desliz" (Luis Eduardo Aute).
Porque no le consta, claro. A García Revenga, como a tantas y tantos –resulta feo
señalar-, no le consta. Lástima, porque siendo todos tan sabihondos, poco les
costaría enterarse. El pronombre personal generalmente
desempeña las funciones del sujeto, así que a ese sujeto de la proposición ‘no me consta’, le bastaría acercarse
hasta allí donde, supuestamente, consta o no consta lo que todavía no le consta,
para cerciorarse. Y entonces volver con la constancia de lo que verdaderamente
consta. Pero no. Ese recurrente ‘no me consta, ¡vive dios que no me consta!,
pretende asegurar que lo que no le consta a quien está en situación de que le
conste –porque él mismo es el sujeto de la acción de que conste o no conste-,
simplemente es para decir que no es verdad. Lo cual a mí sí que me consta que No és això, companys, no és això;/ ens diran
que ara cal esperar./I esperem, ben segur que esperem./És l’espera dels que no
ens aturarem /fins que no calgui dir: no és això. (Lluis Llach)
sábado, 23 de febrero de 2013
fotografía comentada

Sobre
todo, porque aprendió a sentarse y a quedarse quieto sentado mientras yo no
dejaba de agitar a su alrededor, animado en quitarle ese sitio que, por lógica,
ya me correspondía a mí y no a él. Que fue inútil, sobra comentarlo. Que llegué
a odiarlo por ello, me parece está de más repetirlo.
Luego, se
murió, y yo lo miraba (morirse) desde los pies de su cama de enfermo fiel.
Supongo que ese debió ser un buen momento para perdonarlo todo. Sin embargo, no
lo hice. Al contrario. Lo odié más que nunca. Y creo que por una vez con razón.
Esa manera suya de dejarme en su lugar, era, en realidad, que me abandonaba.
fotografía comentada
El culo de las mujeres
nunca debió estar ahí donde está. Les basta con darnos la espalda, y ya
empezamos a echarlas de menos. Hasta ahora veníamos creyendo que ese echarlas de
menos era por cuanto nos arrebataban de la vista. Pero no. Si se las añora, es,
precisamente, por eso nuevo suyo, el culo, que te ponen ante los ojos.
Eso dice bastante de su
mala leche. Se alejan y a cambio te ofrecen el más prometedor de los recuerdos.
Al contemplar el culo de
una mujer, siempre te haces la misma estúpida pregunta que frente a un
planisferio celeste:
Y nosotros, ¿dónde estamos?
Aquí, ¡idiota1!, mirando el culo de las tías que se
alejan.
Simplemente se alejan
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