martes, 28 de agosto de 2018

UNA HISTORIA SENCILLA


En la casa había una cocina y un cuarto de baño, separados por un patinillo interior donde a veces tendían la ropa.

En la cocina había un grifo y otro lo había en el cuarto de baño. Pero si abrías el grifo de la cocina [porque así fuera que ibas a lavar los platos] ya no salía agua por el grifo del cuarto de baño. Y si, al contrario, abrías el grifo del cuarto de baño [para lavarte las manos] el agua se cortaba en el grifo de la cocina.

La circunstancia puede parecer incómoda, mas Concha y yo nos acostumbramos, casi nada más ocupar la casa, a esa minuciosidad de los grifos, a ese extraño respeto que se manifestaban entre sí, a su manera noble de compartir el agua. La cuestión era no tener que interrumpirnos el uno al otro si íbamos al cuarto de baño o nos hallábamos en la cocina fregando los cacharros, pues es muy engorroso que se corte el agua cuando te estás lavando, tanto como dejar los platos y las cacerolas a medio limpiar, que los restos de la comida se hacen costras y no hay manera luego de arrancarlas.

Sin embargo, tuvimos la certeza de que este no tan pequeño problema había sido resuelto por los propios grifos de la mejor de las maneras, y así era que si es grifo de la cocina estaba abierto, producía un sonido bronco, como la tos profunda de los fumadores empedernidos, y si, por el contrario, era el grifo del cuarto de baño el que ocasionalmente manaba, dejaba oír un suave silbido, como de respiración fatigosa, de pecho asmático.

Así pues, nos bastaba con escuchar qué grifo sonaba en cada momento y esperar pacientemente a que, o bien Concha o bien yo, acabase lo que estuviese haciendo.

¿Me creerán si ahora les digo que gracias a entender el comportamiento de los grifos de casa nos fue de gran ayuda para sobrevivir al matrimonio? Por turnos. La cosa funciona haciéndolo todo por turnos.

lunes, 13 de agosto de 2018

24 DIBUJOS DIGITALES DE MANUEL MOLDES, Un homenaje

Titulo      :         Serie AOKI. Agardando pra a consello do Médico.

 Tecnica  :        24 Debuxos dixitais.

Ano          :         2017

Autor      :          Manuel Moldes.    M

                                                       EL LOCO DE LA COLINA 
                                                        (A MANOLO MOLDES)

                     Música y pan, leche y vino, amor y sueño: gratis

                     Lo hallaron justo cuando se reencarnaba en su perro.

                                                                                                 (De Usos del diccionario. 1975)
 

























miércoles, 8 de agosto de 2018

EL RIGOR DE LAS 'IDOLOGÍAS'. Fragmentos de un discurso borgiano


En aquella tierra el arte del retrato alcanzó tal magnitud, que, con el tiempo, el dibujo de un cabello lo cubría todo de un extremo a otro.

Entonces, los hombres dejaron de contar en el relato de los hombres y desaparecieron como por embrujo.

Las antiguas propiedades de los hombres, descuidadas, abandonadas a las inclemencia de las estaciones, desaparecieron igual.

Nada quedó, al cabo, de aquella civilización de los hombres que supieron elevar el arte del retrato por muy encima del arte.


Siglos más tarde unos extranjeros ocuparon el lugar de los antiguos, animados a establecerse.

No hallaron dificultades.

La tierra había vuelto a ser fértil.

El aire bondadoso.

Los días dóciles y las noches sencillas.

Nada de aquel lugar les desfavorecía.


Fue al cabo de unos años, una vez hubieron levantado las Instituciones en las partes más altas del terreno, cuando empezaron a escucharse unas raras voces que venían de ninguna parte. A veces eran lamentos; a veces cánticos que los poetas recién formados se aprestaron a recoger.

Más tarde, comenzaron a mostrarse unas apariencias obtusas a los cuales los artistas dedicaron su entusiasmo dándoles formas más precisas con las que fueron adornando las plazas de las ciudades.

A esas voces y a esas imágenes encomendaron las Instituciones la protección de los ciudadanos promulgando leyes que, sin razón aparente, limitaban su número.

Finalmente, sólo un poema quedó como El Poema. Sólo una imagen se aceptó como la de un Dios.

jueves, 26 de julio de 2018

TSUNAMI EN UNA PLAYA ASTURIANA. cuento de verano


Un día perdí mi anillo de casado
y huí de ella como quien escapa del fuego:
a tientas.

Estábamos en el mar.
Yo nadaba cerca del hijo que teníamos.
En un momento, estiré el brazo para salvarlo
y el anillo salto de mi dedo de manera salvaje.

Al salir del agua el niño sonreía feliz y a salvo.
A mí se me escapó un suspiro.
Su madre, mi casada, lo tomó en brazos
y juntos ocuparon la toalla de extremo a extremo.
A mí me desterraron.

Fui a comprar unos refrescos y una bolsa de patatas.
Cuando volví mi casada y mi hijo ya no estaban.
Corrí a buscarlos, pero corrí en la dirección contraria.

Fue un extraño suceso,
me contaron, más tarde, los periodistas que cubrieron la noticia.

De repente, en el mar se abrió un enorme agujero,
cuyos bordes brillaban como los de un anillo de oro,
y en nada se lo hubo tragado todo.

Así como si una potente máquina de fotos, al dispararse
–es lo que tienen las armas; su peligro–, hubiese borrado el original
a favor de una copia que, pensándolo bien, nadie sabe dónde va.

Yo sí, claro. Pero callé.
Hablar me hubiese inculpado.
No sólo de la desaparición de ella, mi casada, y del hijo que criábamos juntos,
lo cual sería suficiente para una justa y larga condena.
Puestos a ello, me habrían atribuido, incluso,
el desajuste global del Universo.
El vacío que reinó desde entonces de este lado del agujero,
donde apenas si sobrevivimos siete mil quinientos millones
–algo menos si descontamos a ellos dos: mi casada y nuestro hijo–
de desatentos.

miércoles, 18 de julio de 2018

LOS AÑOS DEL VIEJO


(En la foto pareces) más joven.  Eliminemos la foto para quedarnos con ese sintagma funcionando por su cuenta: “más joven”. Porque lo oigo muchas veces. Cada día me lo dicen más, aunque hasta hoy no haya querido percatarme de la verdad: tratan de ocultarme que, en vivo, estoy cada día más viejo. O lo que viene a ser lo mismo, (parecer) más joven es directamente proporcional a estar más viejo.

Llamarle “más joven” a cualquier ciudadano [y digo ciudadano consciente de que la igualdad no debe estar reñida con la cortesía; así que mantengamos el tabú de la edad de las ciudadanas] de “cierta edad”, aún cuando la opinión ya venga adulterado con ese “pareces” previo, resulta, a mi parecer, un auténtico nonsense, o sea un disparate, quizá producido por eso mal llamado la inteligencia emocional o por una especie de ridícula empatía con el afectado por lo que presumiblemente es un mal para él. ¿Más joven que cuándo? ¿Ayer? ¿Hoy? ¿Mañana? Que hoy, bueno, hoy estoy sin afeitar y, además, la foto es de hace unos días. Que ayer, ya me dirán si es objetivamente posible sumar un día más y contar un día menos, restarnos casi hasta anteayer. Y que mañana, pues sí, hoy sin duda somos más jóvenes que mañana, pero que éste no es un asunto propio lo viene a demostrar el que, por prudencia, no dejemos de especificar “mañana si dios quiere”.

 Igualmente podríamos referirnos a ¿Más joven que quién? Pero no lo voy a aconsejar, dado que siempre que lo he hecho, que he acometido esa temeridad, nunca he obtenido una respuesta satisfactoria. Jamás me han dicho, por ejemplo, parecesmás joven que Jane Fonda o Cher (¿dónde andará Sonny a estas alturas?), sino que han escogido para la comparación a un amigo o a un conocido de más o menos mi edad, pero en evidente peor estado que el mío. Lo cual es una desconsideración, por muy bien intencionada y, por supuesto, nunca expuesta en presencia del susodicho, que no voy a cometer.

Limitémonos, entonces, a la cosa del tiempo a que nos condiciona el cuando que introducíamos casi al comienzo de este discurso bufo acerca del absurdo sintagma “más joven”.

El adjetivo Joven (aunque pueda funcionar como sujeto de la oración) es, por tanto, palabra circunstancial; para el caso, un tiempo en el tiempo, un momento en el tiempo. Quiere decirse: no se puede ser joven siempre  [sí bien, a menos así pretende engañarnos la rae, conservar características de una persona joven, como si la rae también quisiera devolverle a la palabra su mera apariencia, al igual que hace el niño ‘agramático’] Ser joven conlleva dejar de serlo, inesperadamente. El adverbio comparativo más implica progresión, avance, sucesión…. ‘a más’. Esto es, más es más y más y más, sin un final visible en cada uno de esos pronunciamientos. Por ello si al unir más y joven en un sintagma concreto, “más joven”, en el tiempo de uno mismo (pareces más joven), sin comparación posible con el tiempo de los otros, falta de cortesía que cometeríamos, estemos, voy a decirlo así, desajustando el tiempo que tenemos, nuestro tiempo. Estemos magnificando el pasado; estemos decantándonos por la perdida, de la cual sólo puede librarnos el que ésta alcance su plenitud, al perderlo todo de una vez y para siempre, o sea, con la muerte. ¿No se trasluce algo de ello en la romántica (estadio juvenil) creencia en que “los héroes mueren jóvenes?

 ¿Por qué no nos damos cuanta, muy al contrario, de lo apropiado que debe resultar decirle a un ciudadano de cierta edad: “Estás más viejo”?  Y cómo no agradecer que te lo digan si, es obvio, ponen al decírtelo cara de satisfacción. Porque es en este caso que se nos hace posible el desentendernos de las connotaciones supuestamente negativas –y lo son– del adjetivo viejo, para recabar sólo en el adverbio más, y entonces aprovechar el tiempo conforme esa vejez se estira más y más y más, mañana más… si dios quiere. Pero, como ya apuntamos, en este asunto pintamos poco. Al respecto voy a cometer la osadía de recordar esa banalidad de que los viejos son, somos, como las botellas de vino o de licor, cuanto más [añejos] mejor. Y lo peor de lo mismo, que los efectos de la vejez, como los del vino y el licor, sólo se sienten cuando la botella se acaba. Con todo, no est tan mala faena dejar deudos felices.

martes, 10 de julio de 2018

LA RESISTENCIA DE SAN ANTONIO, cuentecillo veraniego


La inquietud embargaba su corazón. En cambio yo…

Tienes cara de atrasado –me dijo.

Pero yo pensé, y le contesté: Atrasado con respecto a qué.

Vi que sus ojos se fijaban en la cama sin hacer, y con eso me di por satisfecho.

Vi, al momento, que se empezaba a desnudar, se quedaba desnuda y se me acercaba. Dejé de verla cuando la sentí sentada sobre mis rodillas.

De tal guisa yo me encontraba conforme y no tenía, pues, necesidad de adelantarme.

Ella, en cambio, enseguida comenzó a removerse.

Me aburro –me dijo mientras deshacía el nudo de mis brazos cruzados y arrastraba mis manos hacía sus pechos.

Tampoco encontré desafortunado su atrevimiento y no tardé en acoplarme con gusto a la nueva situación.

Pero ella, ¡Ay!, se seguía aburriendo y se desesperaba.

Fue entonces que se apeó de mis rodillas, me retiró las manos de sus pechos tibios y se dejó caer al suelo, muy cerca, entre mis piernas, a las que separaba con furia para posar su larga cabellera de pelo rubio escandinavo sobre mi sexo desprevenido.

En ese preciso momento mi quietud se agitó como un gusanillo amenazado, pero no lo bastante para rebasarme.


Era todo tan perfecto, tan serenamente perfecto como una marina amañada.

Un cielo azul de mediodía

La espuma chispeante de las olas.

El dorado de la arena de la playa.

Los cuerpos descansados de los escasos bañistas.

Apenas si eran las dos de la tarde, pero ya había adormecido para siempre.

lunes, 25 de junio de 2018

DONDE HAY PELO HAY ALEGRÍA (Contra el pensamiento)



El pensamiento se produce más tarde, una vez ha sido dicha la palabra… y como un insecto acosado por la lagartija –o la salamanquesa– criada por el hombre a escondidas y a fin de proteger su hogar [su razón], se encuentra a salvo de la muerte tras las muerte. La palabra, así está la cuestión, muere al entrar en contacto con el aire del exterior, un silencio. Para entonces, ni siquiera es ya un insecto, sino algo todavía más diminuto, un microbio. Alguien (sic) que sólo vive de contagiar su grave mal a otro. Los científicos tardan, pero terminan dando con la explicación de tan extraña vitalidad. La gente común, por su parte, simplemente se maravilla de que algo tan ridículo pueda estar en el origen del mal de los siglos: el habla, las hablas. Junto a sus terapias, que a fuer de anular los síntomas de un dolor arcano, mantienen al mal, la palabra, el bichito, en su omnímoda y omnipotente presencia ausente. La referencia.
En la palabra no está previsto el pensamiento. En el pensamiento la palabra pierde su donaire. Como cualquier hembra fértil, la palabra inquieta de forma permanente la ruda firmeza del pensamiento. Éste: un macho indubitable e incapaz de sobrepasar con la debida complacencia los hechos de su pírrica victoria sobre ella. Y es por ello, por su miedo al miedo, que el pensamiento no está en el hijo, del cual construye su relato. La ley.
Niño indistinto. Infanta sin sexo. Asepsia clínica. Pensada, transpuesta, la palabra queda para ser reconocida en su apellido (nunca decir adjetivo), tal y como –me viene el recuerdo– aquellas engurruñadas galletas que se pedían por su número. Un número en un orden numeral. Un punto en el recto pensamiento. Quien, macho imperturbable incluso en el curso de las celebraciones, inventa la sintaxis a efectos de que la palabra no se desmelene en el interior de la reata. Podría ocurrir –dios no lo quiera– que el pelo suelto de las palabras despeinadas germinase en tierra extraña y se transformara, al concurso de nada, en los rizomas de una planta salvaje. La anomalía.
Pero no siempre fue éste el estado de las cosas, su estado natural. Hubo un tiempo en el cual todavía se podía decir lo que no estaba dicho y las palabras concursaban en la industria, el ingenio que la ausencia de pensamiento consentía. Ocurrió que el montón de las palabras sueltas, como las basuras de un barrio humilde, creció y creció, se hizo tan imponente como la más imponente de las montañas; tan vasto como el más vasto de los océanos; tan majestuoso como la propia majestad que en su falta de pretensiones albergaba. La poesía
Que aún está vigente.