martes, 16 de septiembre de 2014

SENZA TITOLO




Para conocerte a ti mismo, no esperes a que la mantequilla se derrita.

El sol arriba. Debajo la tostada.

Quien escoge se coge a sí mismo por los pies.

Cadencia. Cadencia. La llama en el espejo arde sin calor.

En la nata sobrenada un fresón.

Caridad del pobre, guardar las apariencias.

Al dictado. De prestado.

viernes, 12 de septiembre de 2014

SOSTENES



La ley de Herodes, o te chingas o te jodes

Sostiene Pereira, perdón, me he dejado arrobar por la nostalgia... Sostiene Christian Ferrer* que de toda lectura emergemos como sobrevivientes. Otros, por su parte, sostienen –desde luego el mundo está lleno de Hércules- que un libro les cambió la vida. Nunca los creí, pero ahora al menos los entiendo.

Les dan de beber y casi se ahogan.

Christian Ferrer. La curva pornográfica. Pepitas de Calabaza. Logroño 2006

jueves, 11 de septiembre de 2014

COSTUMBRISMOS




Hay tontos bien vestidos (Martín Olmos) y los listos lo prefieren lucir de zarrapastrosos. Los listillos aportan el término medio, que es virtuoso. Visten de Zara o de HM como antaño lo hicieran de Cortefiel. Bien conjuntados lo de arriba con lo de abajo (a excepción de los calcetines a cuadros de múltiples colores), como la suya es ropa barata y fácilmente desmontable, tampoco les resquebraja la economía casera cuando les toca cambiar de temporada para así andar siempre a la page.

Por lo general suelen ser los más jóvenes de las proximidades. Ofician, entre tanto cumplen años y expectativas paternas -como si las madres no contaran en el futuro, fuesen las madres de usar y tirar como los kleenexes- de Comercial en la banca privada, que es toda bien mirada, menos los titulados en Bellas Artes, que sirven de camareros noctívagos mientras les llega retrasada la oportunidad de montarse la perfomance o vender la esculturilla que para entonces ya resulta una pieza de vintage. En el Barrio de las Letras, en el Madrid más añoso, son muy abundantes de un tiempo a esta parte, sobre todo desde que nos abrieron un Carrefour Express haciendo esquina con Caixa Forum.

Hay tontos bien comidos y los listos, no sé, pero más parece que les gustara aparentarse hambrientos. Los listillos, en esto también celebran la equidistancia. Es fácil encontrarlos, a la hora de ir tú a comprar el pan, adelantándote en la cola de la caja del Carrefour. Cargan láminas de jamón cocido jamón de pato salmón sin brillo cuidadosamente prensadas; dos o tres latas de coca cola light; si acaso un teta de leche desnatada y, en el mejor de los casos, un paquete de pilas pequeñitas para el suena-músicas de bolsillo. Nada de particular en cualquier caso. Lo raro sucede justo cuando están pagando y la atenta cajera les solicita si quieren una bolsa de cinco céntimos. No, responden así como ofendidos. Y sacan de la nada la suya, que es del Club Gourmet El Corte Inglés. Ufanos por el desagradable deber cumplido, salen sin desearle un buen día a la muchacha que los ha atendido y regresan a casa procurando hacerlo por el camino más largo y agitando la bolsa con fingido disimulo, así tramaran uno de esos poemas de acción privados con que tan falsamente nos premiamos. Pero no voy a ser yo quien se lo advierta.

martes, 9 de septiembre de 2014

Y EL AIRE DE LOS MAPAS



Verdades como puños.

Pero un puño es lo menos parecido a un mapa.

Si se abre la mano, entonces sí. La mano abierta. Los dedos extendidos como flechas hacia todas partes, parecen ya querer hablarnos. Decirnos cómo y llevarnos con ellos hasta allí donde ellos no alcanzan.

Pero la mano cerrada, los dedos haciendo puño, acaso pretende insinuarnos un secreto escondido, el cual nos merecemos. Hay, en su reducido interior, mucha promesa.

Con Y el aire de los mapas José Carlos Rosales afirma cerrar un ciclo poético tan ancho, tan abierto (treinta años son muchos años: como para ya dejarlo), que no es posible, a estas alturas, cerrar nada. Más bien, advertir(nos) sin muchas ganas creo -como las madres repiten: ¡Niño! Estate quieto de una vez-, que, pese a su buena voluntad, al final, si la vista es clara, se ve que el aire del secreto se sigue escapando entre los dedos.

Sólo hay sitio donde no hubo sitio. ¿Dónde están los colores que no están?

Por ello si, tras la lectura descuidada con que se aprende el libro –los libros de poemas primero se leen como los mapas: por encima; preguntándonos si escogimos, mapa o libro, aquel que necesitamos al momento- las piezas de Y el aire de los mapas nos llegan a parecer graves sentencias fruto de una gran sabiduría, ocurre que, por ser precisamente sabias, certeras y más aún: las apropiadas, las redescubrimos, mejor, estrellas fugaces arrastrando su luz por todas partes; el acompasado vaivén de las olas, que al armase borran cualquier cartografía del mar donde nos bañamos, pues siempre será el agua inaprensible el lugar que nos acoja.

Y entonces depende de cada cual, de su humor, de su talante, si el mapa y el libro le sirven. Lo llevan o lo traen de su quietud imborrable. A lo mejor no es esto más que lo que me gusta deducir del poema que (casi) da título al libro, en la página 91, finalizando. El único en prosa, o en verso tan largo que se desmadeja, como si así quisiera José Carlos Rosales ofrecernos más comprensible su secreto

El aire de los mapas depende del que mire los mapas que están sobre la mesa. Si es lánguido, el aire será lánguido. Si es animoso o fuerte, será un aire revuelto, huracanado. Y si es pequeño y frágil, sólo será una brisa, brisa leve, el limitado soplo que nunca lograría mover las dunas, agitar banderas.

Las banderas que nadie las necesita para nada. Verdades como puños, de una mano amiga. Gracias.

lunes, 1 de septiembre de 2014

¡JA SÓC AQUÍ!



¿Desvelar o conservar el secreto? ¡Quién sabe! El Ingeniero Nickolay, Bertram Nickolay, según el diario El País del 24 del mes vencido (el trabajo ha vuelto a vencer una vez más al goce veraniego) lleva años intentando recuperar los descomunales Archivos de la Stasi, la temible policía de la Alemania Comunista, hermana gemela de la también temible Brigada Político Social del ayer nuestro, y la mismísima CIA, la cual sigue operando todavía y en todas partes, incluido el territorio de la Stasi y la BPS.

El Ingeniero Nickolay, doblemente eficaz por alemán y por ingeniero, venía haciendo su encomiable trabajo en secreto, a oscuras, a hurtadillas, pero el descubrimiento de 16.000 sacos conteniendo diminutos y perfectos trocitos de antiguos documentos elaborados, también a escondidas, aunque en realidad fuese un ‘secreto a voces’, por los pupilos del Señor del Miedo, Erich Mielke, desde Pankow, ha hecho saltar el asunto a los medios, no sé si para reclamar la colaboración ciudadana, en plan ONG, y entre todos, cientos de ojos escudriñadores, armar felizmente tan desaforado rompecabezas, cuya culminación sin duda entraría en el Libro Guinnes de los records por siglos insuperable.

Me pregunto, desde el falso sosiego de una playa onubense mientras todavía no se ha levantado mi nieto de nueve meses, si el esfuerzo del Ingeniero Nickolay y sus becarios servirá para algo más, así como a quién será que le puedan servir los mismos. Entiendo que los documentos tan cuidadosamente desmenuzados –la labor del fuego y el agua es lo más encomiable en la reconstrucción constitucional de las antiguas dictaduras- se rellenarían desde la muy leal subjetividad ideológica exigida a los suyos (todos) por el Poder omnímodo. Algo semejante a lo que los novelistas le reclaman a su prosa: no apartarse de la intención primaria; responder a las necesidades del argumento principal. Las novelas y el Poder comparten esa misma y exclusiva pasión. Ambos persiguen alcanzar el final anunciado –El reich de los mil años incluido-, cuyo único oponente no sería sino el caos absoluto, la caída del Muro de Berlín o la ‘traición’ del joven rey Juan Carlos por partida doble.

Sin embargo, entretanto (la gente –como término de modo en las políticas de la poshistoria- sólo vive en los entretantos, diríamos parafraseando a Peter Handke) el espacio de la novela y el espacio del Poder se van llenando de comparsas, inevitables comparsas así las moscas de Antonio Machado, cuyas vidas han de permanecer en constante vigilancia, no sea que un desliz del destino lleve las cosas por otros derroteros, como en la Rayuela de Julio Cortázar o en el Noviembre en Madrid de 1936. Aun cuando, debemos reconocerlo así, tanto en uno como otro ‘experimento’ el azar venga prefigurado; trenzado por hilos arcanos que no se muestran a la vista pero a su vez contabilizan todas las permutaciones posibles.

Tal vigilancia –que no es sino cuidado de la multitud, aseguran- supone una tarea difícil, dura y poco apreciada. ¡Ay!, pobre doña María, ella que no sabe nada, su hijo el de la piel manchada a sueldo en la policía, tarareaba Nicolás Guillén lo mismo en la Cuba de Batista que en la de los Hermanos Castro. Y por lo mismo, una dedicación indispensable si se quiere que la Historia siga su curso acostumbrado y todo suceda en su seno, al decir de Lampedusa. Jamás en los intersticios que, a su pesar, esa misma historia deja en su trasiego y donde eternamente  aguardan las alimañas (Borges) su incierta y escatológica oportunidad.

Ante semejante ‘estado de las cosas’, ya se me empieza a ocurrir para qué y a quién ha de valer la reconstrucción minuciosa de toda esa documentación hallada, tanto da si en los sótanos de la Stasi, de la BPS, la CIA, el M5 (si aún se llama así), el Mossad o cuantos más se vanaglorian de sus investigaciones sociológicas, fatal eufemismo para colarse en las vidas ajenas. Y la respuesta no me gusta nada. Tan poco me agrada, que, por esta vez pase, hasta sonreiría si ‘las cosas’ siguen como estaban. Aún más: que el hallazgo de esos 16.000 sacos de basura informativa se aprovechara para perpetrar su desaparición total, Se requemaran y el aire arrastrara sus cenizas por los no lugares del olvido.

Yo, como García Oliver, sólo aceptaría ser Ministro de Justicia de la improbable República Española, con el fin de abolir cualquier memoria impresa de quienes sólo a la fuerza figuran en ella, incluido, claro está, mi propio nombramiento. Es la única reivindicación en la que me merece la pena mantenerme firme: en mi derecho a no dejar huella en este mundo (André Breton) Y cuando termine la muerte, si dicen a levantarse, a mí que no me despierten (Manuel Alcántara), ¡dita sea su estampa!