viernes, 11 de julio de 2014

LA RAZÓN POÉTICA






¿A qué gastar los días de la vida
en la escritura solemne de un poema
que os cuente de mí y de las cosas mías?

Mas si vosotros quisierais hablarme,
yo guardaría silencio.

LAS MOSCAS



No hay día en que las moscas no vengan a distraerme de la escritura.

Les he cogido cariño y las amparo como me gustaría que hiciesen conmigo de ser yo quien fuera a molestar a alguien en su trabajo.

Les pongo azúcar, miel, mantequilla, mermelada, rodeando el papel que tengo enfrente y, entre tanto, me conforto viendo cómo les agrada el dulce.

Pierdo la mañana con sus vuelos y si, al cabo, las veo irse con el apetito saciado, pienso que ya es tarde para empezar a escribir de otra cosa que no sean esas moscas amigas que me han tomado por su desinteresado protector.

miércoles, 2 de julio de 2014

ESPERANDO A MARGARITA




(teatro al minuto. A J.M.S.)


¿Por qué me has llamado Margarita?

Porque me gustan las plantas.

Pero yo no soy una planta.

Tampoco eres Margarita.

Oye, ¿no será que me engañas?

¡Con quién!

Con Margarita.

¿Con una planta?

lunes, 30 de junio de 2014

L’AMOUR AVEUGLE (una aproximación tendenciosa)



Si el señor Urdangarín fuese feo, feo como el mismísimo demonio o más feo que Picio (zapatero de Alhendín, Granada) yo me tragaría con confianza el hecho de que su esposa Cristina le profese un amor ciego, pues alrededor de la fealdad (con todo lo subjetivo que la se quiera) se asocian de común el amor y la ceguera. Contemplando desde fuera, al paso, una pareja de enamorados (sic) compuesta por una criatura casi divina y la otra fea como un demonio, ya digo, más fea que el finalmente indultado Picio, no suele hacerse otro comentario: El amor es ciego, aveugle, nos limitamos a sentenciar, probablemente desde la envidia a la buena suerte del feo constituido.

Pero no. El señor Urdangarín, según revistas especializadas, resulta navarro hermoso y rubio como la cerveza, incluso, me atrevería a decirlo yo, en guapura está unos grados por encima de su esposa Cristina, aunque la cosa acabe ajustándose, de modo que, por mi parte, tiendo inconscientemente a invertir la ecuación  y pienso que a lo mejor fue él y no ella quien anduvo ciego en la ocasión de enamorarse. Ciego o deslumbrado por los otros muchos factores que a menudo entran en el amor, bien que por la cartera, quería escribir la gatera.

En cualquier caso, el señor Urdangarín y su esposa Cristina forman una pareja bastante normalizada, equilibrada, recíproca, tanto se dan como tanto se cobran el uno del otro en lo tocante a sus respectivas apariencias, así que no veo motivo alguno para creer que, al enamoriscarse, repito, hubiese causa para perder la cabeza más allá de lo estrictamente necesario en estos casos. Y de ser de otro modo, esto es, de no haber concurrido entre ellos la simple atracción mutua, la cosa de la química corporal, ¿cómo estar tan seguro de que ciega estuvo ella y no él? Hay lugar para la duda razonable.

Ahora bien, el que -limitándonos a lo concreto del asunto que todos conocemos de sobra- la ceguera de la esposa del señor Urdangarín se haya hecho palmaria alrededor del dinero que entre ambos supuestamente se repartían, sin que ella, cieguecita de amor por él, tuviera ocasión de pararse a pensar que por el medio corría la trampa, me lo vuelve todo sospechoso. ¿Por qué?  Porque los ciegos, mire usted, no son tontos. Porque los ciegos cuentan el dinero con los dedos. Porque me acuerdo enseguida del Lazarillo y releo la página que tiene la esquina doblada:

Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y que hayas del tanta parte como yo. Partillo hemos desta manera: tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez mas de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño."

Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance; el traidor mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contente ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo:

"Lázaro, engañado me has: jurare yo a Dios que has tu comido las uvas tres a tres.""No comí -dije yo-más ¿por qué sospecháis eso?"

Respondió el sagacísimo ciego:

"¿Sabes en que veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas., a lo cual yo no respondí.

Reíme entre mí y, aunque muchacho, noté mucho la discreta consideración del ciego.

miércoles, 25 de junio de 2014

LEER DA QUE PENSAR



El problema (o el poblema, como lo dice mi amigo José Carlos R. para así indicarnos, de entrada, que, mal planteado, el problema/poblema se nos echa encima irresoluble; trampa y castigo por igual) es que la muerte no sabe masturbarse. Siempre a solas -porque cuando se muestra le va aún peor; dicen que en cierta ocasión salió la muerte de señoritas y sólo encontró a las de Avignon, que ya estaban descompuestas- se aburre soberanamente. Quiero decir: como los soberanos que no miran la televisión.

En su aburrimiento, llamarlo mortal sería una redundancia bastante tonta, de forma lenta pero no paciente, como esperan los enfermos de cualquier cosa, se va cargando de inquina, colma su vaso de envidia, que es el deseo de lo que no se ve, hasta hacérsele urgente, premioso como una inyección de morfina, salir a encontrar con quién. Pero, claro, a esas alturas, después de tanto sufrimiento como proporciona el contenerse las ganas, la muerte anda con las entendederas fundidas, lleva la libido tan escarallada, apuntaría el gallego, que no está para pararse a los cumplimientos y convencimientos que volverían algo más natural el asunto. Así que, lisa y llanamente, va y lo jode todo, lo cual, conforme a la tercera acepción que dicta el diccionario de la real para el verbo joder, significa destrozar, arruinar, echar a perder.

Por ello es que me parezca a mí que si algún angelillo doncel le enseñara a la muerte a masturbarse, a hacerse la paja, como lo prefieren llamar Victoria Ocampo y Rafael Alberti, así la muerte se le aliviaría de su soledad de las noches sin luna (cantan Las Migas), y tanto mejor le iría, a ella y, de paso, a los demás, que ya venimos rebajando aquí las penas que nos esperan allí, según la católica doctrina.