jueves, 20 de febrero de 2014

ARte y COmercio, por hablar de algo



¿Por qué se tarda lo mismo en pergeñar la mediocridad que en crear lo genial? (Javier Aparicio Maydeu. Continuidad y ruptura. Alianza editorial 2013? La pregunta requiere respuesta tortuosa por cuenta mete por medio el trabajo (empleo productivo del tiempo) y le concede –porque sí, porque está mandado- un valor cuantificado a la creación, a la obra de arte, en la medida en que al mentar el trabajo siempre se mienta el beneficio como medida de absolutos. Es la norma por la cual un lienzo de Antonio López ha de costar más que un azul monocromo de Klein. Y las tallas del aborrecible Juan de Ávalos tendrán mayor precio que los hierros retorcidos de Oteiza, a quien, para más inri, le acababan las obras en una fundición vasca.
Y aquí, aunque sin quererlo, sin obrar por ello, ocurrencia y correncia, nos damos de cara con el meollo de la cuestión. Con ser lo mismo, no es lo mismo el trabajo de los obreros metalúrgicos  y la siderurgia que el trabajo de Jorge Oteiza. Para aquellos la mediocridad. Para don Jorge, el genio. A tenor de los sueldos de los unos y del otro, así es como cabe darlo por supuesto. Los obreros pergeñan, palabra fea y de escasa autoridad. El genio, en cambio, crea, y crear es algo de lo más sublime que, entre las otras miles de cosas más, el obra roba de la naturaleza de la mundo, donde –observen la diferencia- se da de gratis.
El tiempo, evidentemente, es el mismo para todos, sólo que –acaso por la repentina incursión de alguna justicia poética en el asunto- para algunos corre que se las pela mientras trabaja y a otros se les hace eternos mientras esperanzados aguardan que aquellos le trabajen su obra de genio.
-Pero eso reduce el arte a puta mercancía.
-No, hombre, no. Eso reduce la mercancía a una puta obra de arte.
-¿No será que el trabajo lo enmierda todo?
-Maldita sea si ahora me sale usted un artista conceptual.
-Bueno, la verdad sea dicha, no soy más que un parado que se las ingenia para sobrevivir,
-No es lo mismo genio que ingenio, amigo mío.
-Ya me dirá. Con lo bajo que este año viene la Feria (ARCO).

sábado, 15 de febrero de 2014

CONTRA EL INSOMNIO (opiniones encontradas)



Con harto dolor de mi corazón, como diría algún mamonazo de esos que se dedican a escribir novelas, la miro otro ratito más y salgo de estampida. Mientras bajo en el ascensor me digo que si la tía se ha quedado tan frita es porque seguro que se ha hecho un pajote. No hay nada para quedarse grogui -ni pastillas ni hostias- como hacerse una macoca. Te entra una cosa, un... No sabría cómo explicarlo, pero el caso es que te quedas más relajado que la leche. Yo a la gente que padece de insomnio siempre le digo que le den al manubrio. Mano de santo. Se lo juro por mi madre. (Carlos Pérez Merinero. Días de guardar)

 
Aparqué también yo, eché todos los seguros y usando la cazadora como una manta traté de dormir.

Al cabo de un rato, como no lo lograba, pensé en hacerme una paja. Me puse a pensar en el hijo de Kirk Douglas y en la rubia. En el momento de correrme abría la portezuela porque no quería ensuciar el salpicadero.

Pero tampoco después me entró el sueño. (Giuseppe Ferrandino. Pericle el negro)

jueves, 13 de febrero de 2014

El tiempo de la hospitalidad no es eterno*




 ¿En la casa de quién vivimos?
Ocupantes del lugar de aquel que se fue y nos dejó sitio
Su sitio.
El sitio de nadie, pues él también estuvo allí invitado.
Y si al llegar, como yo ahora: mientras me desnudo y me abrigo con el vaho tibio que sube de la tina donde me he de lavar el cuerpo antes de bajar a cumplimentar a los dueños de la casa, sintió el sosiego, que yo siento, por haber hallado al fin el lugar que nos retenga, a lo mejor en su cabeza rondaba la sospecho, a mí me ronda, de que algún día esta casa, la habitación donde estaba, donde estoy, la encontraría cerrada, inaccesible, y ya fuera que debía marchar de ella para que yo llegara y supiera, lo sé, de su gran sacrificio: abandonar la casa que lo había hecho, a mí me hace, que le facilitaba los sueños, en el último de los cuales estaba yo llamando a la puerta, arrebatándole el sitio, lavándome en su agua repetida, saludando, como él: que no hay favor más grande..., a los hospitalarios dueños de la casa que nos recogieran.
A los dos.
A ese, también, que presiento tras mis huellas.
Será más joven.
Siempre es más joven quien llega, pues en la juventud se satisface la eterna vejez de aquellos que nos albergan.
Por un tiempo.
El tiempo que nos roban.

¿Hay algún mal en saberlo?

domingo, 9 de febrero de 2014

EL IDIOTA



 Decía Marià Manent: nadie puede saber a ciencia cierta si ha sido o no elegido (prólogo a los poemas de Emily Dickison. Visor). Da igual para qué. El no saber ofrece esa ventaja para así hacer cuanto te venga en gana, pues si constas entre los elegidos, será que cumples con tu dever, y si no, ¿qué importancia –por no decir realidad- puede tener? Hagas lo que hagas. Dejes de hacer lo que no haces. Un principio de incertidumbre semejante es lo que sazona el gusto la vida.

Pero ayudaría mucho conocer si hemos sido seleccionados tanto como si no. Todavía más, para qué hemos sido elegidos en concreto o de qué se nos ha excluido a la fuerza. Por ejemplo, uno se sabe elegido para estar entre los idiotas que sostienen el mundo sobre sus anchas espaldas. Entonces, como nadie es idiota del todo: no te dejan, procurará adaptarse a su misión de la mejor manera posible. Se entrenará en el gimnasio, se dopará, cuidará su cuerpo con alimentos apropiados; en fin, se pondrá fuerte como un roble para que la carga del mundo encima no le doble en demasía. Y se tomará a sí mismo como alguien importante, destinado. Se sentirá reconocido: Mira ese idiota, lo cual le aportará una gran satisfacción. Serenará su alma, que de otro modo se mostraría inquieta, agitada o agitanada, y hasta podría ser que con ello provocara un movimiento sísmico de consecuencias desastrosas.

También pudiera ocurrir que quien quiera que fuese, no se conformara o conformase, obligándose a pensar que él no es un idiota. Craso error –sin duda ocasionado por su natural falta de entendimiento-, porque idiota lo es pese a todo, sólo que no está entre los elegidos. O sea, que es un idiota cualquiera, pero no el idiota de Dostoievski.

sábado, 8 de febrero de 2014

SIN TÍTULO



Ayer mismo, día de viento inmisericorde -viento que levantaba la tapa de los sesos y agitaba las ideas como en una batidora descontrolada-, mi amigo L. me vino de repente con que la gente de Attac –en Castilla La Mancha, que es tierra dura- anda rondando sugerirle a la Cospedal un Salario Social Mínimo que alcance a todos los ciudadanos sin trabajo para el resto de su vida. No parece, en principio, mala solución, aunque si un tanto peregrina, quijotesca, como el hallazgo casual de una piedra filosofal que sin llegar a transformar el barro en oro, si diera para satisfacer las míseras necesidades de cuantos no han de tener mayor afán que el de sobrevivir de manera de magnificar con su pagada presencia la magnanimidad del Soberano, ¡cuánto más generoso y espléndido si más Amo!
Al menos porque yo mismo saldría beneficiado si tal eventualidad cobrara cuerpo finalmente, debí mostrarme conforme con mi amigo L., pero, fuera porque el viento me había alterado los nervios o porque, sencillamente, a falta de satisfacciones verdaderas disfruto, tanto más, llevándole la contraria a quien se me cruza por delante, me puse como un basilisco y si no le dije que se metiera su maldita caridad en su bendito culo, fue porque todavía no había bebido lo suficiente para tener la lengua suelta. Pagamos y nos fuimos: del bar y del tema.
Con todo, creo deberle una explicación a L. en excusa sosegada de los exabruptos que pudiera haber soltado en contra de su fama, de modo que si aprovecho, ahora, para hacerlo así, pero aparándome en la escritura, es porque, pese a la buena voluntad que querría demostrarle, tampoco es que esté por escuchar sus contra-tesis , con seguridad oportunas y cabales. A mi edad, no voy a tratar de seguir siendo razonable y si hacer y decir lo que me venga en gana, pues si la razón es cosa del lenguaje, la vida, cuando se acorta, prefiere verse ya una puta deslenguada, y nada de vida beata.
A algún social-demócrata, y debido a su afiliación funcionarial –se quiere decir: que se encuentre exento de sumar en el total de los riquitanos con langrina, por usar palabrería de afilador- le podrá parecer el Salario Social Mínimo la panacea universal, el consecuente triunfo de la siempre entrecomillada Sociedad del Bienestar, cuando, bien mirado, significa -¡cuánto más!- su auto-liquidación definitiva, su desprogramación absoluta, una vez convertido el Estado en mero organismo de Beneficencia hacia la parte de los desfavorecidos, mientras, a la vez, hace de frontera, línea de seguridad, fortaleza firme de los que aún sigan contando en el cotarro y cortando la pana, como se suele decir. El Estado en su doble rol –purita esquizofrenia- de Tío Tom y Tío Gilito. Repartiendo limosnas hacia un lado y, del otro, acumulando el Capital, ahora a salvo no solo de los imprevisibles asaltos de los eternos descontentos insatisfechos, sino, incluso, del más simple, por ocurrente, cuestionamiento de su legitimidad, pues ello supondría atacar con mala saña el logrado equilibrio social, sobre el cual las partes ya habían quedado de acuerdo.
La cosa, el meollo del asunto, está en que la Social Democracia jamás ha explicitado qué entiende ella por Sociedad del Bienestar. De suyo, juega a ser ‘doble agente’, quizá con mala conciencia, mas perfectamente asumido por las partes enfrentadas de natural, en la medida en que ese juego suyo, ese traicionar constante a todos y a ninguno, ‘enfriaba’ las contradicciones. Apenas si entendía el bienestar social como algo más allá de un ‘llevarse bien’ los contendiente, que haberlos los sigue habiendo. Como tampoco jamás ha cuestionado la justeza del reparto, dando por bueno que a quien dios se lo ha dado, san Pedro se lo bendiga. Y a tenor de sus continuas actuaciones (consistentes en dejarnos oler la mierda para que el olor de la mierda nos aleje de la mierda sin quitarla), de las cuales somos, a más de testigos: sufridores, parece inclinarse a repartir lo poco que ‘le corresponde’ a la parte de los más, que en limitar (y devolver) lo mucho que ayuda a conservar en la de los pocos. Así lo dijo uno de la Ceoe: si los trabajadores fijos cedieran en algunos derechos, habría menos paro. Esto es, si los trabajadores se conformasen con la parte que ya tienen, a lo mejor incluso daba para repartir entre todos un Salario Social Mínimo. ¡Repártanse la miseria, coño!
Más lo encuentro volver a vivir igual que en una vieja plantación de esclavos, donde también te aseguraban la subsistencia y hasta la procreación, que en uno de los paraísos prometidos por tanto vocero institucionalista, aunque es verdad que todos ellos –a derechas e izquierdas- del paraíso conservan incólume el espíritu de la Ley: Queda prohibido tocarle las narices al señor don dios.