jueves, 4 de julio de 2013

LOS SECRETOS PRINCIPALES -III






el secreto de los literatos fracasados

A la conocida proposición de Augusto Monterroso: ninguna obra maestra desconocida constituye una pérdida para la humani­dad, cabe responder: siem­pre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha leído, tal y como nos sugiere Italo Calvino desde un paraíso muy lejano.

miércoles, 3 de julio de 2013

LECTURAS VERANIEGAS


Conejo Funámbulo


A cualquiera le acostumbra la presencia de un gato en casa, lo mismo que si se pasa del día a la noche dándole mimos a su perrito coscón. Hace sólo unos días, paseando, ojo avizor, por la Cuesta de Moyano –un lugar de encuentros que aún queda en Madrid- me sorprendió el escueto título de un libro al que enseguida destaqué entre los demás: Mi Búho. Nada más cogerlo, pensé en la confianza de su autor sobre el posible número de aficionados a los búhos, tantos, pensaría que habría, como para dedicarle a los mismos nada menos que un libro sin más promesas que la de llegar a saberlo todo acerca de los búhos, así en general, y en particular, cada uno sobre el búho que supuestamente tendría en casa, a lo probable, interponiéndose entre él y su esposa, encargada, por su parte del cuidado de los hijos en un acordado reparto de tareas domésticas. La cosa de rodearse de animales, animalillos, bichos de toda especia, parece, en efecto, algo común y habitual en estos tiempos en que hay hasta quienes adoptan niños de muy lejana procedencia, por aquello de tener hijos exóticos, digo yo que será. Pero bueno, al margen de esta desconsideración hacia los buenos adoptadores, la cuestión es que se amparan por igual perros que gatos, búhos, caballos, boas constrictor, caimanes, lores, iguanas y hasta virus y piojos, quizá como antídoto generoso contra tanta aplastante soledad que se da al cerrar la puerta de casa.

Por ello, tampoco debe extrañar si un día oyes hablar de un amigó común a quien le ha dado por hacerse con un pájaro de las indecisiones, un centauro errático, el último de los cisnes eróticos, una delecta celosa o el célebre depredador asiático, por citar sólo algunos de los bichos (categoría que sólo muestra indecisión al respecto de los animales que nos son extraños) que alguien a quien, hasta el presente, tenías por un sensato, maduro, aun cuando algo dado a niñerías, como es esto de escribir de bichos, escribir poemillas tan ligeros que se deshacen, y eso que tiene aspecto de abogado de los Tribunales, vive (vivía) en Málaga y estaba protegido por los ángeles hasta el punto de quedar, una vez, 1989, finalista del Premio Nacional de Literatura, lo cual es casi preferible a ser el ganador absoluto, pues los segundones nunca a las tan malas envidias.

Es el caso -pues no vayan a creer que les estoy mintiendo, que aprovecho la ocasión para endilgarles una invención mía- de Rafael Pérez Estrada y su magnífico Bestiario de Livermore, compuesto a mano e impreso en la imprenta Dardo, antes Sur, de Málaga, el día 20 de diciembre de 1989, estando la edición al cuidado de su autor y contando de 250 ejemplares.

No crean, pese a todo, que la nómina de animales y bestias que Rafael nos regala en el Bestiario de Livermore es tan estrafalaria como, a tenor de los nombres con que los bautiza, nos pudiera parecer. Basta con mirar en cualquier enciclopedia para comprobar lo errático que andábamos, pues ahí, en la enciclopedia más sesuda y contrastada, es posible darse también de bruces con la Nigella damascena –que se planta, la Noctua pumila, el Paleamos squilla –que es como le dicen al camarón fuera de Cádiz-, la Synallaxis sórdida –qué hará en sus ratos libros este animal para merecerse tan desalentador nombre-, o la Calliphora vomitaria –de fácil encuentro en los retretes públicos de algunas grandes urbes. Ante tales nombres de rancia significación, poco nos ha de extrañar un Niño pájaro si nació de la Mujer loro; un Toro místico si se escapó de un poema lorquiano; la Ave de la metamorfosis si es pariente del mismísimo Frank Kafka.

Lo que sí distingue a los animales de Pérez Estrada son sus quehaceres cotidianos. Mientras un bicho cualquiera sólo se plantea –y…- la perpetuación de su especie: comen y follan la mayor parte del tiempo, no deja de sorprender que, al lado, sobrevivan otros que se alimentan de los huecos y vacíos que los bañistas causan al nadar; otros con la imaginación suficiente, pero angustiada, para conservar en ella el paraíso perdido. Que haya bestias capaces de volar paradas, de luchar con el atributo de lo masculino, de vivir en los corazones de quienes añoran los días de lluvia tras los cristales de las habitaciones solitarias o de denunciar las intrigas amorosas con las que algunos jóvenes, en exceso vehementes, intentan alterar la paz doméstica en la casa del rey.

En fin, un auténtico muestrario de ‘monstruos afables’ con los que podrán solazarse los días de más calor de este largo verano que ya padecemos, lejos, muy lejos y a salvo de esos otros ‘monstruos desagradables’ como son los que pueblan los periódicos. Mosquitos del género de los phlebotumus.

Nota. Como casi con seguridad les será imposible hacerse con un ejempla de el Bestiario de Livermore, les recomiendo que, en su defecto, pasen los días jugando con sus críos, antes de que ellos se conviertan también, por su descuido de ellos, en unos bichos raros, raros, raros (el papá de Julio Iglesias). Aquí quería llegar.

PETER PAN EN LA REVOLUCIÓN




…pero antes vete a tomar el aire un instante para no leer nada más acabar de comer*, le aconsejaba su mamá al niño Proust, sabedora de que no sólo los baños repentinos pueden contar la digestión de los adolescentes.

Los adolescentes, éste es el quid de la cuestión, se atreven a cosas que los adultos temen, como bañarse y leer en el rato siguiente al almuerzo veraniego, ligerito pero suficiente, acorde con los ritmos de la estación. Ningún adulto ha aprendido lo suficiente como para asumir que sus advertencias de  adulto suenan resuenan en los oídos de los adolescentes como el clamoroso ¡Adelante! con que el líder del Partido arenga a su tropa justo en el momento de iniciarse la Revolución.

Entiendo las objeciones que ya me estarán poniendo. Los adultos -los padres, mayormente, en su representación- provocan lo que provocan en los adolescentes (a su cargo; o sea, en sus hijos muy queridos), como si dijésemos, por omisión. Niño, deja ya de joder con la pelota (Serrat), y el niño, entonces, sigue dale que le pega a la pelotita, mejorando, incluso, su puntería a fin de que la susodicha vaya, con rosca messitiana o neymaresca, a estrellarse en la desprotegida cabeza del progenitor la progenitora que en ese momento dicta la prohibición. En cambio, el líder del Partido grita ¡Adelante! de manera tan desaforada como performativa. Pero si piensan así, es porque no piensan en lo que piensan. Bien mirado, los padres y los líderes del Partido se parecen tanto, que no erraremos en demasía al considerar que todo padre alberga en su interior un líder, y todo líder es como un padre soltero, ese que no se entera (o no quiere enterarse) de que dejó embarazada a su novia del pueblo en la última de las fiestas patronales.

La única diferencia, de haberla, estaría en que mamá y papá –indistintamente- juegan el partido como titulares, desde el inicio, y en cambio, el líder del Partido (doy por supuesto que comprenden la polisemia del término, empleado aquí no sin doblez) entra como un jugador suplente, cuando ya el rumbo del juego está como deslucido y se impone retomar su dirección para que el resultado sea el conveniente a la causa principal. Lo cual, se parece mucho a esa madre (el padre se ha excusado en que hoy tiene trabajo para dejar a la criatura en manos de la madre) que, luego de un rato de advertencias, harta ya de que el niño la tome por el pito del sereno, grita a su vez: ¡Haz lo que te de la gana!, mas no por ello sintiéndose derrotada, sino, muy al contrario, convencida de que ha vuelto a tomar las riendas de la situación; es de nuevo la lideresa (¡Ay, Esperancita!) de todo cuanto haya de ocurrir después.

Así las cosas, y aunque no les falte razón si creen que todo cuanto les digo lo digo sin mucho fundamento (pero es que estando en los albores del verano también conviene que los discursos sean tan ligeritos como los almuerzos: un gazpacho y una nota a pie de página), se me ocurre, o mejor: aventuraría que las revoluciones empiezan por matar al padre (que es el líder y al líder que es el padre).

Me lo contaba el otro día un amigo de circunstancias: fui al psicólogo (algo que él tomaba como el principio de una revuelta interna) y entre los dos matamos a mi padre. ¿Y?...-fue lo único que me atreví a preguntarle.  Pues que desde entonces me va muy bien. Toma, claro, porque no te han pillado –le solté de sopetón, creyendo que me entendería la gracia. Pero no, no me la entendió. Y en lugar de echarse a reír como yo esperaba, puso cara de circunstancias para sólo con esa cara poder contestarme: Matar al padre es el momento más duro que te puede saltar en la vida.

Por supuesto, me disculpé como buenamente pude. Le dije que me sumaba a su pena. Me callé lo único que he aprendido y he olvidado desde que me hice adulto: luego de matar al padre hay que saber vivir con el padre muerto. O como los adolescentes, sin hacerle el menor caso.
*Por la parte de Swan

lunes, 1 de julio de 2013

LOS SECRETOS PRINCIPALES -II



el secreto de los judíos desposados

- Ponga el anillo a la novia. Ahora diga ariat.
- Ariat.
- Diga mikodéshes.
- Mikodéshes.
- Diga libitabáes.
- Libitabáes.
- Diga zoikdas Moishe ve-Isróel.
- Zoikdas Moishe ve-Isróel.
- ¡¡Mazl-tov, mazl-tov!!
Y ya está nos pasamos toda la vida juntos y nunca se me dio por averiguar qué es lo que le había dicho.
Ni Elisa lo preguntó.* 
*Jacobo Muchnik. Cuentos sin cuento

LOS SECRETOS PRINCIPALES -I


el secreto del suicidio de Gilles Deleuze 

 -- La recherche du temps perdu es de hecho una búsqueda de la verdad. Si se denomina búsqueda del tiempo perdido es sólo en la medida que la verdad tiene una relación esencial con el tiem­po* -dio por acabada su última clase del viernes el adusto monsieur le pro­fes­seur Deleuze, mien­tras en los pupitres del fondo del aula, un joven estu­dian­te, hijo único y mimado de una pareja de emi­gran­tes anda­luces, ­visiblemente animado ante la pers­pecti­va de un fin de semana sin deberes esco­la­res ni leccio­nes que memori­zar para el día siguiente, saltaba con presteza de su asiento de madera incómoda y, ya de pie, sueltos los rizos de su melena del color del azabache, le entraba a las palmas ruidosas y fes­ti­valeras de unos tangos ligerillos provenientes de aquella tierra oscura y nunca olvidada –siempre en la memoria como un clavo en la pared- de sus buenos padres, como sólo saben hacerlo así, con tanto primor y respeto, los grandes cantaores gitanos de la discográfica Le Chant du Monde:

Por Dios no me llores no
la madalena no se había perdío
la madalena la tengo yo.**

Quebranto terrible en su fondo, desaire profundo y amargo, por más de inocente –lo cual no pareció que aliviara el bochorno creciente aparecido en el rostro indignado de monsieur le pro­fes­seur Deleuze-, viniendo como venía de un joven estudiante ­meteco -retra­sado y bullan­guero, por más señas- a quien para nada le ponía, en cambio, la escritura, en extremo ­significamentosa, del gran Marcel Proust.

Se vio, por último, a monsieur le pro­fes­seur Deleuze acercarse con paso apesadumbrado –ese andar titubeante de los viejos clochard- hacia el amplio ventanal de la clase. Abrirlo como quien pasa las páginas de un libro. Y de forma inopinada –así lo concluye la Gendamerie Nationale-, terminar arrojándose al vacío, esa página en blanco que, pese a las claras recomendaciones del poeta Mallarmé a su favor, nunca aprendemos a respetar quienes a esto de escribir porque sí nos prestamos, como si la en la escritura estuviera la verdad de nuestro tiempo
*Proust y los signos
**tangos de la Repompa