jueves, 10 de abril de 2014

LAS CONSPIRACIONES



Acerca de la Teoría de la Conspiración he podido leer recientemente [no recuerdo dónde] cuanto necesitaba saber para aclararme. Conspiración, decía el texto, la hay, falla la teoría. Y conspiraciones, en efecto las hay por doquier (antigualla, pon mejor: a mogollón. Desde siempre. Desde que Eva y la serpiente bakuninista (‘ni dios ni amo’) y hasta este mismo instante en que dos se vuelven a acostar juntos en contra de la opinión del mundo, que a su vez conspira contra ellos y su loco amor, como lo diría André Breton, el papa de la conspiraciones surreal, dominadora de nuestros inconscientes.

La teoría, en cambio, resulta fallida debido a su falta de sencillez. Cualquier teoría que busque extenderse y convertirse en un topos, ha de contar de salida con una formulación fácil. Por ejemplo: cualquier cuerpo sólido sumergido en un líquido, ejerce una presión hacia arriba igual al peso del líquido desalojado. De tan bonico como suena, termina por tomarse en serio y, desde entonces, todos los nadadores advierten que cuando ellos saltan a la piscina, salpican irremediablemente a los miedosos que se quedan en los bordes. (Y dicho al paso, no me vengan con el contra-ejemplo del terrón de azúcar, pues si el terrón de azúcar se disuelve en el café humeante, es a causa del meneo aplicado a la resultante sabrosa taza de café azucarado. Razón está suficiente para explicar que nadie se bañe en un una lavadora, sabedores todos de que termina centrifugando.

Pero volvamos a lo nuestro, limpios y sin desfragmentar. La causa del fallo en la Teoría conspirativa está en que no se puede expresar sin primero conspirar a su favor. Los matemáticos son conscientes de este primordial hecho y  por ello emplean números en lugar de palabras. No se conocen números polisémicos y se cree sin atisbo de duda en los números enteros (aun cuando, colocados con acierto, no dejan de producir intereses, algo así como el acné de los números cuando todavía están en edad de crecer. De modo que 1+1=2 no da lugar a discusión, siempre y cuando el misterio de la santísima trinidad siga siendo un misterio. Ahora bien, si nos fijamos con detenimiento en ese 1+1=2, no vemos más que una conspiración elemental. No de los números, claro, ajenos a la cuestión que con ellos se plantea, sino de los susodichos matemáticos, quienes, a fin de entenderse entre ellos [y nadie más], se adelantaron a crear lo signos de su entendimiento. O sea, que si no eres matemático, jamás alcanzas a entender las matemáticas, y aunque lo mismo se pudiera afirmar de los poetas y los fontaneros, caeríamos en un grave error de perspectiva, pues sí que puede haber malos poetas y malos fontaneros (que inflan las averías para inflar la factura), no ocurre igual con los matemáticos. Repito, o eres matemático avant la lettre o eres el contable al que le bailan los números y acaba escondiendo a los más díscolos –esos capaces de seguir bailando la música callada- en sus propios bolsillos.

¿Les estoy diciendo que a la Teoría de la Conspiración le falta el lenguaje adecuado para ser verdadera? Pudiera ser, que le falte, no que se lo esté diciendo. Porque no estoy seguro de poder afirmar nada. Si lo estuviera o estuviese (aquí conviene la redundar) acaso no fuera sino que ando entre los conspiradores y, en este hipotético caso, habría recibido el mandado de guardar silencio al respecto, de no revelar los signos de la conspiración. Es más, probablemente estuviese obligado a sugerirles teorías confusas, o lo que es igual: a vivir como eterno conspirador contra la posible existencia de la Gran Teoría, de la Teoría única y verdadera que supuestamente se nos ha de desvelar un día. Ya lo dijo Nietzsche: muerto dios, nos queda la gramática. O Juan de Mairena: Sólo los tontos no conspiran contra su dueño.

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