miércoles, 1 de septiembre de 2021

DIARIO AUSTRAL Notas para un relato



DIARIO AUSTRAL

Notas para un relato

 

 

 

–I–

 

Día 1. Martes.

 

Manchas en la piel

 

El cuerpo o el Mapa de un Archipiélago escondido entre las brumas

 

En la textura de la piel está el viaje

 

Algún día, no obstante, habremos de desembarcar en una de esas islas a la deriva que el cuerpo, en su inaccesibilidad, nos ofrece, y por extraño que nos pueda parecer, acabaremos entendiéndonos con los nativos,   grandes expertos en las artes de la hospitalidad.

 

Día 2. Miércoles.

 

Abandonamos puerto con la aurora

Como las aves que se alejan del frío

Como los alacranes que se dan la muerte al sentirse rodeados por el fuego

Como las almas que aborrecen del cuerpo yaciente

 

Partimos hacia la amplitud de un día y de un mar que eran, a su vez, los días y el mar de siempre

 

Día 3. Jueves.

 Llovieron frutas que eran cuentas sueltas de un collar roto

Boletas con la escritura tachada de los nombres de los agraciados 

Hilos de metales hirvientes, como los de una jaula abandonada

  

En las cocinas, mientras tanto, las mujeres no logran encender el fuego

Hace horas que los machos viejos partieron a cobrar la caza y aún están por regresar

Pronto, nada más de comienzo el llanto de los niños, prendidos en los anzuelos del hambre cansina, se oirá hablar de nuestra huida en el aullido lamentoso de los perros 

 

Para entonces, las magas resurgirán de sus cuevas profundas a renovar sus añosos acertijos

Los artistas plásticos grabarán sus imágenes sobre superficies invisibles

Los adolescentes desdentados se morderán entre sí con la rabia de las fieras

Los poetas, como los desertores, cantarán las proezas de unos héroes anónimos

 

Y, en fin, en el lugar empezarán a ocurrir cosas, padecimientos, vejaciones que jamás se soltarán de nuestra causa

 

 –II–

(Decires de la nostalgia)

Día 4. Jueves.

La de ayer fue la noche en que lloramos por vez primera

Cada cual su culpa. Cada uno sintiéndose como una vara doblada por el viento

 

Día 5. Viernes.

La voz que se libró de las ataduras es de noche un ensueño hiriente

Una fiebre que nubla los ojos y engarza los recuerdos

El olor de un almacén abandonado donde todavía se guardan inventos sin estrenar

 

¿Cómo no caer en el ardid de un Tiempo que aún nos duele, cuando sólo queda la confusión de los ruidos de un pecho enfermo desde el silencio oscuro de los pájaros en sus improvisados dormitorios?

Ceder por un rato a lo que el lápiz no escribiría; al lenguaje desconocido de las criaturas que siguen habitando en las manchas de tu cuerpo:

Salpicaduras de un barro a medio cocer todavía

 

 Día 6. Sábado.

Dame, tú, la desconocida de los labios húmedos, 

la extranjera que me habita,

el beso que me guíe de vuelta;

que me devuelva a casa

y en ella halle, propicia, la ocasión

de hacer las paces con los míos

 

–III–

Día 7. Domingo.

Pie a tierra

Nos rodearon sombras que alardeaban de su soberanía

Cicatrices que seguían marcando el lugar de las heridas

Bocas que se quedaron abiertas mientras pedían clemencia para sus hijos

Los nombres de los resistentes grabados en las cortezas de los árboles

 

Pero nada que pudiésemos arrebatarles de nuevo a aquella gente que acudió a darnos la bienvenida

 

Día 8. Lunes.

El mapa, y no lo piel, responde a la superficie de un territorio inhabitable


miércoles, 11 de agosto de 2021

GRIETAS


Pero yo vivo solamente en los intersticios
(Peter Handker) En las grietas, nos dice con más cercanía Francisco Javier Gallego Dueñas. Los intersticios parecen cosa de arquitectos bien pagados. Las grietas, en cambio, pertenecen a los que levantan su casa en las orillas. Y los poetas se cuentan entre estos últimos: Somos grieta, titula Javier Gallego su poemario.

 

Pero los poetas quizá no sean la grieta que somos todos de una forma o de otra. Los poetas, en realidad, son como esos bichillos que, en las noches, habitan las cocinas de las casas viejas (y las casas que todavía no han envejecido, no son casas todavía) y corren a refugiarse entre las grietas que se abran entre las losetas del suelo, entre los intersticios de los muebles mal ajustados, cuando alguien de la casa sorpresivamente da la luz y se recupera la normalidad. Así que, a los poetas, al igual que a los escurridizos bichillos de la noche, más que verlos, se los intuye, como al dolor [que] se agazapa ensordecido en las salas de espera, porque extrañan un mundo / que continúa existiendo / cuando los ojos se cierran.

 

Mas, dejemos a un lado las condiciones en las que los poetas escriben sus poemas. Nunca serán las óptimas. Siempre habrá un poso de resentimiento; un algo de enemistad hacia ese mundo de luces encendidas y brillos falsos. Quizá no resulte demasiado riesgoso atribuirle a los poetas un afán de inexistencia; un irreprimible deseo de no ser o, al menos, de no figurar entre los que si son o eso se creen. De ahí que soporten bien su existencia clandestina, su vivir al margen, en las afueras. Sin embargo, les acaba venciendo –por no decir corrompiendo– la nostalgia y, sin acabar de mostrarse, nos dejan, como prueba de su existencia, los poemas que escriben, así los restos de un naufragio voluntario.

 

Permanecer donde las olas no lleguen,

donde no alcance el trueno,

donde las sombras se pierdan,

donde se ocultan las termitas,

lejos de la luz de la luna y las farolas.

 

No sé por qué tengo la sensación de que Javier Gallego es consciente de esta desconcertante situación a la que le ha llevado su feliz ocurrencia de hacerse poeta, o bichillo impertinente, pues viene a dar lo mismo. Casi nos lo está diciendo cuando clama contra el sujeto (Olvidad al sujeto empobrecido, /olvidad al sujeto empoderado, / masacrad al sujeto consciente) porque, en su confianza, ya está el verse en veloz carrera hacía la grieta donde se cobija. Pero cumple. Cumple con esa otra parte que le corresponde y no le permite marcharse del todo, dejándonos por delante sus palabras, que, como en todo poema que se precie, son las pistas en el mapa del tesoro. A sabiendas de que hay que seguir porque no estamos solos en la obra. Gracias.

 

 

 

 

 


lunes, 17 de mayo de 2021

MAPAS E IMÁGENES


 


¿De dónde la viene al hombre su fascinación por el mapa? Posteriormente, o desde siempre, por su exactitud
(Italo Calvino. El viandante en el mapa. Colección de arena. Alianza tres, 1987) no obstante, José Lezama Lima nos ofrece una respuesta más aproximada a una verdad innecesaria: el horror vacui o miedo a quedarse sin imágenes. Y de modo parecido habla Kart Schlögel: Probablemente los mapas son la forma más importante que el ser humano se ha creado para escapar del horror vacui (En el espacio vemos el tiempo. Siruela 2007)

 

¿De dónde esa confianza en la exactitud del mapa? ¿No nos enseña Ulises lo errático, lo laberíntico que puede resultarnos el camino del retorno? Ir resulta fácil en la medida en que, allí donde lleguemos, no habrá nadie esperándonos; nadie para decirnos: “sí, ya has llegado, es aquí donde venías”. Volver, en cambio, se convierte en una empresa de grandes dificultades por solventar, si ya no se trata de seguir las precisas indicaciones del mapa que, sin quererlo ni saberlo, pura acción del “Adivinista” (Justo Navarro), hemos grabado sobre el suelo, sino de deshacer, de desinformarnos de esas indicaciones que nos trajeron a donde estamos inopinadamente. Acaso sea necesario convenir que la presunta exactitud del mapa traza, nada más, el viaje de la ida, pero que, para la vuelta, enfrentando el intricado retorno a lo conocido, no hay mapa que no sea el mapa de un dédalo irresoluble.    

 

¿Por qué ese miedo a quedarnos sin imágenes? ¿Acaso ignoramos lo que le sucediera a Narciso al verse reflejado [facultad que, hasta entonces, sólo les pertenecía a los dioses]? Fue la imagen lo que le perdió. Fue en la imagen donde se topó con el vacío, a cuya atracción ni supo ni quiso oponerse, resistirse, pues lo propio de la imagen es fijar el emplazamiento (tiempo y lugar), realizar la cita en la que hallamos la correspondencia con lo que somos. El modelo y su representación. Mitad todo y mitad nada, entremediados por la decisión fatal de dar, al respecto, con una salida que, no obstante, nos habrá de resultar por siempre indiferente, porque cuanto reste tras ella será un eco, sólo un eco.

 

Theodor Wiesengrund Adorno, en su Estética, apuntaba que el ciudadano medio –esto es: cualquiera– desea un arte voluptuoso y una vida ascética, y sería mejor lo contrario. Pero para que así sea, para llevar una vida voluptuosa, como supuestamente fue en el paraíso, y contar con un arte ascético –la representación de lo prohibido–, antes sería preciso decir que nos fascinan las imágenes por su exactitud, ya perdido el miedo a quedarnos sin el mapa.


viernes, 7 de mayo de 2021

MADRID

 

 

No hace tanto como se quisiera pensar para mejor alivio propio, Madrid era una ciudad de más de un millón de cadáveres, según las últimas estadísticas (Insomnio. Dámaso Alonso). El verso pasó la dura censura del momento porque nadie supo ver que la presumible metáfora era, en realidad, de una literalidad tan pasmosa como cruel, según el estado de la calle. Muertos de entierro y olvido y muertos en vida que se escondían por miedo a acabar como aquellos otros que ya abonaban la tierra infértil de las cunetas. Urgió, en consecuencia, ocupar de nuevo Madrid; llenar Madrid con gente de la misma ralea que la de quienes habían desbrozado las malas hierbas. Fue entonces cuando Madrid dejó de creerse la tumba del fascismo para transformarse, motu proprio, en su cuna y su niñera. Eran tropa ruidosa y peleona; personajes sacados del Género Chico: zarzuelas, sainetes, verbenas –tan de Madrid como los azucarillos y el aguardiente– que no dudaban en mostrarse agradecidos ante las migajas con que el Poder los regalaba a cambio de su adhesión incondicional, cada vez que volvieran a tocar a rebato con la musiquilla que sale de los bares abiertos.

A mayor abundancia de lo mismo, en los años de la Movid(it)a madrileña –la mayor embestida de un tal Tierno para unir a la fiesta de la Transcripción del nada más cataléptico franquismo (como el gitano Antón, no estaba muerto, estaba tomando cañas en la Pradera de San Isidro) a la cultura obediente: Hombres G, Mecano, Alaska y los Pegamoides, los hijos satisfechos de Majadahonda y no los hijos del agobio vallekano; centro y no periferias, alguno de La Luna, o en sus aledaños, pergeñó un eslogan muy prometedor: Madrid me mata. Tampoco en esta ocasión hubo quien captara lo literal de esta metáfora, cargada del humor negro de papá Summers, y de los réditos que el tiempo le iba a ir añadiendo hasta el día de hoy.

No veo a dónde quiero llegar. Todavía ando desorientado, navegando malamente entre los efectos de una vacunación incompleta y los efluvios fétidos resultantes del 4M (¿qué tendrá mayo para tanto alterar la piel de las conciencias?) Aparte de que tanta unanimidad me resulta bastante viciada (Ferlosio diría), sólo se me ocurre añadir para cubrir tanto desvarío, que alguna vez deberíamos empezar a mirar con la seriedad lo que no dejan de decirnos los poetas, sean de oficio o de afición. Tengan un buen sueño, que el día va a ser largo.

miércoles, 10 de marzo de 2021

DESVARIOS

 


Dice Alejandro Zambra que se lee debido al deseo, al afán de pertenecer. A una familia; a un clan; a una clase; a un partido; en fin: a contar en la multitud. Es lo que dice Alejandro Zambra y, por mi parte, me limito a repetirlo, a copiarlo, como en los periódicos. Porque no acaba de convencerme. No me convence que por leer a Alejandro Zambra –de quien, por cierto, sólo puedo hablar bien– sea que busco sumarme, como uno más, al grupo de lectores de Alejandro Zambra, de la literatura chilena, de la literatura sudamericana y ni siquiera de la literatura universal. Mejor si les confieso que los libros que más me provocan son aquellos en los que ni siquiera imagino que pudiese estar ahí, bien que por malo de un demonio fuese. No me veo en las situaciones que se representan en los libros que leo. ¿Por qué creer que se escribieron pensando en que me gustaría encontrarme en él; pertenecer a algo que ya funciona perfectamente sin mí y, con plena seguridad lo digo, gracias a ello? ¿Qué pintaría, yo, por ejemplo, en La metamorfosis de Franz Kafka? Porque me consideraría una mala persona si no hubiese hecho cuanto estuviera en mis manos para evitar que Gregorio Samsa se durmiese y despertara transformado en un bicho asqueroso y así Kafka no hubiese escrito semejante horror. O en Últimas tardes con Teresa. Lo cito porque yo aún sigo con Teresa y nunca llegamos a esa última tarde de entre las ultimas en que deberíamos decirnos adiós por culpa de un guión que escribió Juan Marsé sin preguntarnos a ninguno de los dos cómo nos iba a ir más adelante. He oído comentar a muchos lectores eso de Un libro me cambió la vida, pero a ningún escritor le escuché decir Un lector me cambió el libro. Y esto ocurre porque todos los libros son objetos del pasado. Un ente, o una realidad, que nace cadáver, y el papel del lector se resume y concreta en el del voluntarioso asistente sanitario aficionado que trata inútilmente de insuflarle aliento, de devolverlo a la vida. A la postre, cargará eternamente con esa culpa: Hice cuanto pude. No pude hacer más. Pero se mantendrá en su empeño. Volverá a los libros como la golondrina al balcón becqueriano. También he pensado mucho alrededor de esa estúpida pregunta: ¿Qué libro se llevaría a una isla desierta? Y como ninguno de los interrogados entrevistos, más preocupados por quedar bien ante la audiencia y por sentar el canon de su conocimiento, que por ser precavidos ante tan desasosegante situación, ha respondido Un manual de sobrevivencia, he llegado a la palmaria conclusión de que el lector perfecto, ese lector que todo libro añora, en efecto, sólo será feliz, plenamente dichoso, si tal cosa extrema le sucediera, pues más tarde o más temprano, se vería obligado por las circunstancias a alimentar un fuego con las hojas de ese libro que logró salvar de la tragedia y le venía haciendo dulce compañía; aunque con harto, es posible, dolor de su corazón lo hiciese. Por fin se encuentra no solamente a solas, sino también ausente, apartado, caído, desprendido de la masa muscular del mundo al que la quema de ese libro le ha puesto a salvo. Sin saber bien porqué, tengo la sensación de verme forzado a llevarle la contraria a Alejandro Zambra, postulando –esto es, argumentando sin pruebas a favor– que no es “pertenecer a” la pretensión primera y última del lector, y sí lo ‘completamente otro’ (pinche Luis Castro) de ausentarse de todo cuanto pudiera desensimismarlo (ya la palabra es dudosa), apartarlo de un sí mismo del cual atisba alguna posibilidad de existencia. Ya es, no digan que no, un movimiento que inició al escoger el libro al objeto de separarse del mundo real; al preferir la historia vencida a la vida en ciernes. Así será que sólo si logra desembarazarse de ese ejemplar que tanto le sujetaba, comprenderá que ha alcanzado la plenitud del Ser, el Nirvana o la más ancestral Bobería. Lo malo es que no tendrá ocasión de contárselo a nadie, pues nadie está con él para celebrarlo juntos. Y, peor todavía, será que, frente a esa sangrante soledad, nazca –sin que quepa otra posibilidad en el desarrollo de éste mi desvarío– un nuevo futuro escritor, a quien, si la suerte le acompaña, si la fortuna le sonríe, alguien acabará rescatando –pienso en Vila Matas y sus escritores del no– de las páginas blancas del olvido, del cual aún queda mucho por escribir.


lunes, 25 de enero de 2021

CONTRA LA BIOGRAFÍA


Donde hay vida no hay biografía. Donde hay biografía no hay vida. Parece mentira, si mentira no es, que algo tan sencillo de entender siga precisando de una explicación complaciente (ya en un sentido o en otro), pues resulta obvio hasta la insolencia, que el relato de la vida de una persona ni es ni puede ser la vida de esa persona, en la medida en que ese relato se ha de ajustar en exceso a los hechos que ya tuvieron lugar, mientras en vida del biografiado estuvieron siempre por formalizarse, o no necesariamente. Las agendas –en tanto escritura que da cuenta directa de la vida en curso– está llena de supuestos, de intenciones, como la novela de un mal novelista.
 

La vida y la biografía, bien está reconocerlo así, comparten sujeto, mas en ningún caso –ni siquiera tratándose de una autobiografía o de unas memorias– idénticos espacio y tiempo, lo cual acaba dando para sospechar si no estaremos refiriéndonos a dos sujetos que ni siquiera llegaron a tropezarse en vida. O si se trata de un doble del referente. De su suplantador. De alguien que, en fin, supo ponerse y ocupar el sitio y la hora de uno cuando uno ya no estaba allí ni entonces.

La pregunta que se me hace perentoria es ¿qué necesidad hay de cometer semejante tropelía contra el pasado que no ha de volver? ¿Por qué es afán en convertir a una persona en el personaje de una ficción que en ningún caso es la de ella por ser la nuestra? ¿A qué darle un destino fidedigno a quien, a esas alturas, probablemente sólo querría desautorizar su biografía? Bien mirado, vivir no trata de otra cosa, no pretende ir más allá . Desautorizarse permanentemente. Cambiar. Deshacer lo hecho haciendo su contrario. Negarse a ser la imagen que damos. Como el porquero de Agamenón, no estar plenamente de acuerdo con nada, y menos con uno mismo. Y luego, siendo esto lo mejor de lo imposible, vivir como un noble arruinado entre las ruinas de su propia inteligencia, como nos dejó dicho Jaime Gil de Biedma.

Lo que sí tengo claro, hasta el extremo de servirme de divisa, como una de esas frases en negrita que se destacan en los periódicos, es que Carecer de biografía lleva su tiempo. De modo que no lo malgastemos en testamentarías que no dejan a los huérfanos más que deudas y pagos pendientes. Es la vida lo que está en juego mientras tanto. Ni antes ni después.