lunes, 29 de agosto de 2016
lunes, 6 de junio de 2016
AGRADECIMIENTOS
Los animales viven, los humanos sobreviven,
sobrevivimos, dice Yun Sun Limet en su sugerente tratado Sobre el sentido de la
vida en general y del trabajo en particular, pomposo título que, sin embargo,
se vuelve texto ligero, como el tema requiere. Hace mucho que ya llegué a esa
misma conclusión, cosas de la edad, achaque de los años. La conciencia sobre la
vida lastra con creces la vida, que se quisiera descuidada de sí misma. Sobre-vivir
o Sobre-volar la vida, miradas perdidas. Con todo, la vida ocurre. A nuestro
lado o a nuestro pesar. Con nosotros o contra nosotros. No hay creación fuera
de este contexto. El resto es producción, y la productividad es un añadido innecesario
del que deberíamos arrepentirnos pronto los hombres, mientras las mujeres
siguen atentas a sus quehaceres. Cuidar a las criaturas. Verlas crecer. Animarlas
a ello. Los hombres tienen hijos, se posesionan de los hijos como de una
máquina más, que deberá trabajar para su beneficio. Agrandar la casa del Padre.
Las mujeres, por su parte, se tornan madres y se van desprendiendo de lo poco
que aún tienen y habían reservado para darlo llegado el momento. Penélope teje
y desteje. Maniática. Siempre lo mismo. Lo suyo no es trabajo sino menester. A favor
del tiempo. De la vuelta del tiempo vital. La espera de Penélope –sin entrar a
considerar su error de esperar a un hombre- es un lapsus, un paréntesis del que
no se guarda memoria masculina. Quizá por no verse obligado, el hombre, a
reconocer que mientras Penélope esperaba –es lo único que le importa al
biógrafo de Ulises; al historiador del hombre- anduvo entretenida y se olvidó
de la razón de su esperanza. A lo mejor no echaba de menos nada ni a nadie. Mi madre
se levantaba de madrugad para hablarle a las flores. Que yo sepa, jamás espero
que las flores le contestaran. No es natural que las flores hablen. Pero ¡quién
sabe!, a lo mejor no esperamos lo suficiente. Pero, al menos en el caso de mi
madre, no por decaimiento, tan sólo porque la vida se le acabó antes. Entonces,
hablarle a las flores, deshacer la labor para recomenzarla tras un ligero
descanso, una cabezada, y aunque no termino de comprenderlo del todo, es una
manera de agradecerle a la vida que nos esté acompañando. Estrictamente hablando,
vivir no parece tan necesario. Agradecerlo sí. Agradecerle la vida a la vida es
la mejor ocasión de celebrarlo.
“Espera, ratito de oro, que quiero gozarte aquí”, escribió Juan Ramón Jiménez un día de muchos trastornos.
“Espera, ratito de oro, que quiero gozarte aquí”, escribió Juan Ramón Jiménez un día de muchos trastornos.
miércoles, 18 de mayo de 2016
IMPASIBLES
Hay casualidades
hermosas. La hermosura siempre es una casualidad. Cuando no
todo nos parece hermoso, las casualidades suelen venir a redimirnos de tan
aborrecible sensación. Cuando no a todo lo encontramos casual, algo que sucede muy
a menudo, su hermosura es lo que nos viene a pillar desprevenidos.
Pero, a la larga, parece que nos va más lo cierto
que lo fortuito. Un banco de piedra que una silla coja. La tierra que el mar. El
centro que los extremos. Y es lógico, natural y, ¡cómo no!, sensato. Típico de
la clase media que todos llevamos dentro –Wilhelm Reich lo sabía- y que desea un arte voluptuoso y una vida ascética,
cuando sería mejor lo contrario.
en cursiva: Sergio del Molino, La España vacía. Theodor W Adorno, Estética.
lunes, 16 de mayo de 2016
LAS COSAS COMO SON
lo que no está lo que falta lo que tenía que estar y no está lo que no
debía faltar y falta no hay mayor prueba contra las cosas como son
las colecciones de lo que sean jamás se cierran nunca llegan a estar
completas exactas pero no es sino por esas piezas de menos que aún no están que
se esperan que se buscan con manía y desesperación que son y se hacen las
reunidas colección mientras tanto y así sucesivamente
un día tras otro a diario como una obligación o como una promesa la
promesa del coleccionista insatisfecho un amigo londinense se fotografiaba en
un fotomatón callejero un día y otro día y todos los días como una devoción
hacia mí cumplimentando nuestra amistad lejana me enviaba una de esas fotografías
adheridas con firmeza a una cartulina dura resistente imperecedera de 10x15 cm
por correo ordinario tarjeta postal en la cual por una de sus caras blancas
estaba él y por la otra la reina de Inglaterra joven luciendo lozanía yo
recogía el correo separaba de sus envíos los otros los guardaba en una caja
azul dedicada expresamente a ellos fotografías de había escrito en la tapa con las letras de
una vieja imprentilla así durante tres años mil doscientas noventa y cinco días
mil doscientas noventa y cinco tarjetas con fotografías de él que apenas se
diferenciaban las unas de las otras y estampas de la reina siempre la misma aunque
su precio el precio de esa estampilla coloreada que le permitía viajar por el
mundo evolucionaba cada equis tiempo de menos a más como muy remotamente la
había pasado a los monos
a lo mejor por este incremento en el precio del correo postal o porque
la reina inglesa estaba envejeciendo y ya gustaba poco de tanto vagabundeo de
un confín a otro confín o porque cansado viejo desatendido se sentía también mi
amigo londinense como su reina o porque había matrimoniado y su mujer no quería
compartirlo con nadie o porque los carteros de moral siempre dudosa se pusieron
de huelga indefinida por una vida mejor para ellos y sus familias certificadas el
caso fue que el primer día del que debía ser el cuarto año de tan extraordinaria
correspondencia bajé al buzón y lo hallé vacío como un soufflé y así me volvió
a suceder al día siguiente y al otro y otro y otro tiempo durante el cual sólo era
capaz de pensar del modo egoísta característico de los coleccionistas que mi
colección iba a quedar incompleta como pasa siempre con la vida de los otros
cuyas razones para desaparecer mejor que nos sigan siendo desconocidas cuanto
más largo mejor
jueves, 12 de mayo de 2016
SANGRO, LUCHO Y PERVIVO
A lo mejor
fue el sabio Salomón o el menos categórico príncipe Priet Kropopkin, por no
mencionar al temible Jean Saul Partre, uno de los tres hubo de ser, quien
pronunció aquello de “mi libertad termina donde empieza la de los demás.” Una
frase, inmejorable epitafio de un padre cruel, pergeñada, a mí no me cabe
dudarlo, durante la fase optimista del sueño libertario y que debe su fama y
repetición en las bocas de los asentados rebeldes de un día del ayer, no a su
tino, sino a la generosidad con la que pone a los demás a la altura del yo
latente en la misma. Todos al suelo.
El marqués
de Sade, mucho me lo temo, no habría estado de acuerdo. Para el marqués de Sade
la libertad era un exceso; atreverse hasta un mucho más allá de..; entrar en el
territorio del otro, vencer su resistencia o su pasividad. Lo cual, pese a
todo, no llega a estar del todo reñido con la advertencia salomónico-sartreana
o el ruidoso principio libertario, aun cuando en su sencillez bien que parezca que lo conculca, pero no a
patadas, como sería lo suyo. La línea divisoria entre la libertad propia y la
ajena es como una frontera en tiempos de guerra entre dos países vecinos: el
objeto del litigio. Si una de las partes no se tomase la libertad de cruzar esa
línea -¡allá motivos tenga¡-, no alcanzaría a sentirse libre en verdad, como no
cabe de otra forma. Y si la otra no se le opusiera con igual o más afán
concebible en un ser libre, no andaría ejerciendo su libertad de ninguna de las
maneras.
El asunto,
como ven, es más complicado de lo que nos gustaría. Está ya en nuestro origen y
contiene la suma de todas nuestras cuitas, más tarde humanas. Y todo porque un
buen día, allá en la antigua Grecia, a Eurípides le dio por, en su
enfrentamiento con los otros comediantes de la gloriosa Atenas, que no lo
soportaban, sacarse de su tórrida sesera, la metáfora más banal de todos los
tiempos: La vida es lucha (y despiadada, profundizaría en las palabras del abuelito
un poeta catalán siglos más tarde. Pero lo peor quizá no fuera esto. Lo peor
fue que al de Salamina –de dónde si no- le dio también por introducir en sus
comedias algunas nociones de igualdad. Por ejemplo, que las mujeres son fuertes
y los esclavos, no tan ignorantes de como se los mira. Bien que fuera porque,
como dice Claudio Magris (No ha lugar a proceder), “la imitación es un proceso
fundamental en la evolución; un mono imita a otro que ha sido capaz de coger un
fruto difícil de alcanzar, repite el gesto hasta que el gesto es suyo, su
naturaleza.” Claro que, antes de Cristo,
momento en el cual el mono recibe la absolución a su ser simiesco, todavía no rendían
dividendos los derechos de autor.
(a Mario Zorrilla Rojo)
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