Hoy
hay en la gente mucho alboroto, don Bendito, por el resultado de las elecciones
de anteayer, y más le valdría a esa misma gente, luego de cumplir con la resaca
de rigor, sentarse a leer el artículo que ese mismo domingo echaba en El País
el siempre inoportuno Rafael Sánchez Ferlosio. Porque, me digo yo, se alegra
esa inmensa mayoría (¡pobre Blas de Otero!) de estar dando al traste con el
bipartidismo (del psoe y del pp, que no del abstracto), lo cual, además de
estar aún por ver, mis pocas luces no entienden que esa pueda ser la solución a
nada de lo que verdaderamente importa. Y es que, don Bendito, el mundo siempre
ha estado partido en dos. De un lado tú y los tuyos y de otro el enemigo,
siempre uno y a quien no cabe sino aniquilar por completo: Uno tiene el deber, por propia dignidad, de ver destruidos a sus
enemigos, decía John le Carré. Fue el último pensamiento de cristo, que
pasa por ser el más justo de los hombres, y lo dijo: el buen ladrón estará
mañana conmigo en mi reino; el mal ladrón se pudrirá para siempre en los
infiernos. Pero más me parce a mí que ni siquiera entonces los ladrones
tuvieron claro quién era el bueno y el malo, así que, don Bendito, empezaron a
entenderse entre ellos con el sólo afán de confundir a quien debía
sentenciarlos. Y mire usted si ha tardado en salir de su atontamiento, que
hasta anteayer mismo, según lo cuentan, no echó a pasar de los dichosos
ladrones ni de cristo que los fundara. Aunque usted mismo, don Bendito, podrá
decirme si el tenor de los hechos da para tomárselos en serio o si no será, tal
y como yo preferiría no verlo, que ahora serán muchos más los invitados al
convite único de los ladrones. Se me ocurre, don Bendito, una provechosa
comparanza. Ya sabrá usted que al comienzo de nuestra última guerra, los
anarquistas -¡qué gente!- se pusieron a lo suyo, como era hacer la revolución
sin ningún miramiento. Se hicieron con los primeros días y, como no podía ser
menos dada su mala ralea, quisieron ir a por todas. Fue entonces que los
llamaron al Gobierno y, sus motivos tendrían, es tarde para andarse con
juicios, allí acudieron, quizás hasta ilusionados, aplazando la revolución
hasta más tarde, ¡claro! Qué hubiese sucedido si los confiados anarquistas
(cuatro gatos) no cayeran, como si cayeron, en el oropel del Poder, nunca lo
sabremos. Lo que en cambio si conocemos, don Bendito, es la intención que
mascaban los que los llamaban con tanto ahínco: que no contaran. Así de
sencillo, don Bendito.
Será,
don Malicioso, que haya que acabar, de una vez por todas, con el sistema existente,
y hasta con cualquier otro, y no conformarse nunca con abolir sus
representaciones. Se lo digo así porque de usted no temo que me llame
sentencioso. Aunque tampoco haría mal si, por unos días, abandonara ese vicio
suyo de andar como la tal Casandra anunciando siempre lo peor.
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