sábado, 19 de enero de 2013

Banalidades de Base



*A los directivos (palabra más acorde con el devenir de los tiempos) del PP no sé bien si lo apropiado sería pedirles la dimisión o que los suspendan, visto que no saben nada de nada, res de res.

Mais cuando expulsaron (o dimitieron) al tal Puñetero Bárcenas, o algo sabían o algo sospechaban, lo cual es una ‘forma de saber’ que está pidiendo la rápida intervención de una afamado sicoanalista que libere a la cúpula pepera del trauma infantil de señalar a todos con el dedo, de pésima educación.

*-Maestro, ¿qué es un corrupto?
Pero el Maestro, temeroso de quebrar la inocencia del chiquillo mostrándole la gravedad del ‘conceto’, se limitó a contestar:
-¿Te acuerdas de Judas? Pues Judas era un corrupto.
-Maestro, pero Judas se colgó de la rama de un olivo.
El Maestro supo clara la diferencia y, en cambio, no supo qué añadir. Fue el chiquillo quien le sacó de su pasajero desconcierto.
-Bueno será que les ayudemos en ello –acabó la cuestión con generoso afán la criatura.

*Nadie del PP ha cobrado de forma irregular. Porque lo regular en el PP era cobrar de forma irregular (Wittgenstein)

*Dicen que cuando se abrió la Caja de Pandora salieron al mundo el sinfín de males que en ella el buen dios Zeus había guardado. Todos, menos la Esperanza. La misma Esperanza Aguirre que espera (es lo menos) su momento, caiga quien caiga, escondida en sus cuarteles de invierno.

*-Maestro, ¿qué es la traición?
Pero el Maestro ya estaba hasta la coronilla de las preguntitas del niño y le arreó un pescozón en el cogote.
-Espera y veras –fueron sus últimas palabras.

*-Extraña la infinita paciencia de Rubalcaba frente a la Prisa que se da en regresar el señor González.
-Amigo mío, en España seguimos padeciendo eso que el ínclito Freud llamaba el Síndrome de Fernando VII… Asaba pelotón… ¡en marcha!

*Qué te quieres tú enterar, / que me cago en tu puerta / y lo tienes que limpiar.

lunes, 7 de enero de 2013

Moralidades pret-a-porter


Se pregunta José ÁngelValente: ¿Hice yo todo lo necesario para que ellos fueran felices?

Cualquiera que se precie de contar entre la buena gente, se debería hacer esta pregunta al menos una vez en su vida. 


viernes, 4 de enero de 2013

BANALIDADES DE BASE



Uno. Ayer, jueves 3 de enero, no escribí porque fui al dentista y el muy aprovechado me quitó dos muelas que, francamente, y debo decirlo en su favor, me molestaban. Así pues, me pase el santo día esperando a que de un momento a otro me viniese encima un dolor tan terrible, que hasta cojones tendría de morime (Paco Pepe Navarro). Esperé y esperé, pero el dolor no me vino (iba a escribir: gracias a la medicina, pero el temor a que Alguien etéreo pueda leerlo y sentirse ofendido, cargando toda su omnipotencia contra mí, me lo ha impedido)

La anécdota, en verdad, no da para mucho. El tiempo, sin embargo, sí. Como solía decir mi madre: no estés ocioso, pues enseguida te vienen los malos pensamientos. Y si no malo, en este caso, si tonto fue lo que pensé mientras me hartaba de helados de vainilla y de chocolate. Porque pensé, ahíto de profundidades significamentosas, que el dolor no admite metáforas. Por mucho que te emperres en imaginar supuestos, jamás duele como la espina de una rosa; ni como un zapato dos número de menos. Te duele el corazón y te duelen los pies, y lo demás que se diga son falsos remedios que no dejan de doler aparte.

Convencido me quedé de ello (faltaría más, pues nada seduce mejor que un tontuna a deshora) cuando caí en la cuenta de que, pese a todo, siempre duele como aquella otra vez; que el dolor es como otro dolor conservado en la memoria. O sea, me dije en un primer instante, que si no tuviésemos memoria, no nos dolería el dolor, sino el hecho de saber que hasta aquí veníamos sanos.

No sé qué leche intentaba decirme con semejante bagatela dialéctica, pero si se les cuento de ella, es por albergar la vana esperanza de que alguno de ustedes tenga ya previsto algo al respecto y, bondadoso como mi dentista, tenga por favor que le deba el aclarármelo.

Dos. A la caída de la tarde T. encendió el televisor animada (ya es querer) a escuchar las noticias de la Sexta. Así fue como, cuando creía tener este mal día superado, en lugar de un dolor personal e intransferible, comencé a padecer del mal de todos, de ese dolor social que se expande mucho y mejor que el peor de los virus gripales.

Me río de quienes dicen amargamente que les duele España, pero bueno, la cosa no está para menos. Quizá porque como hizo Cristo traspasando la sintomatología que le afectaba al buen judío a una piara de cerdos, el dolor de España lo quieran privatizar en cada uno de los españoles/españolitos. Curar por contagio, habríamos de llamarlo. O el sentido profundo de la privatización de la Sanidad que tantos síntomas provoca en cada menda. O que sanar España pase por enfermarnos a todos del Mal de España.  

Como la anestesia y alguna que otra pastilla sin receta me mantenían bastante alelado, lejos de la lucidez que jamás me ha caracterizado, mi siguiente pensamiento superó con creces el grado de estupidez de lo que ya había pensado, pues, me dije y le comenté a T. –quien no pudo menos que mirarme con absoluto desprecio-: cuánta razón tiene el Gobierno. Están curando la Patria.

No obstante, la visible oposición de T. a mi entusiasmo me dejó con el corazón partío. Me sentí forzado a decidir entre ella o España, pero como por fortuna ya escribo en el día de mañana, lo tengo claro: me quedo con ella y que España se quede con las muelas (son una metáfora) de lo que me ha quitado.

Tres. No voy a pagar el euro por receta.

La luz no necesita luz para ver claro (Pablo Picasso)




La oscuridad que vemos en el cielo es algo que, según los científicos, requiere una explicación. (Giorgio Agamben)


Explicación que, acto seguido, nos ofrecen para dejar así el asunto ‘aclarado’, como buenamente solemos decir.

La cuestión, sin embargo, es que seguimos mirando al cielo y seguimos viendo la misma oscuridad de antes.

Y es que era de noche, nos canta, desde la conciencia ancestral que lo definía, el también oscuro Enrique Morente.

Mi Gallego, ese Gallego que siempre va conmigo, contesta sin dudarlo (aunque ¡vaya usted a saber! tratándose de un galego tolo como es el mío). Digo que el Gallego contesta a tanta nota a pie de página:

Mais, esperen a que se haga de día.

De aquel primitivo Hágase la luz (y la luz se hizo) entendieron los Iluminados que ya todo podría entenderse, cuestión de tiempo. No vieron, eso no, que el secreto del día es la noche. Cómo la oscuridad guarda la memoria de la luz, que de estar mirándola: nos cegaría (a Javier Gallego)

miércoles, 2 de enero de 2013



BANALIDADES DE BASE


Uno. La mayor virtud –si por virtud se entiende el poder de obrar- del teléfono móvil no está, pese a todo, en su movilidad, pues para ello precisa de un sujeto que, en efecto, lo mueva, sino en su individualidad, aun cuando esta virtud sea que la concede y no que la tiene para sí mismo. Digamos sin pánico por la exageración, que el susodicho aparato orejero, antes de servir para comunicar –lo cual implica compartir el instrumento comunicador, ya sea éste la misma lengua- actúa en tanto factor de independencia, tanto del emisor como del receptor de la comunicación. De modo que si éste no quiere coger ‘su teléfono’, aquel se queda sin poder hablar con nadie. Jodido. En la circunstancia, pensemos, de un diálogo interruptus, y ya nos duelen las partes y nos deshonra el gatillazo. Antiguamente, cuando se llamaba desde un teléfono casero a otro teléfono casero (cuya facultad más privilegiada era conservar el anonimato hasta el último y decisivo momento, también se debe tener en cuenta) bien pudiera suceder que el receptor deseado no se encontrase allí donde se le buscaba, pero alguien había, no obstante, que cogía el aparato, contestaba a tu llamada y con eso al menos te aligeraba la zozobra, consecuente al desencuentro, con su amabilidad o su oficio: Fulanito no está en este momento, pero si quieres dejarle un recado. Ya sé. Me dirán que el móvil acepta mensajes y, en el colmo del cinismo, que basta el registro de la ‘llamada perdida’. Pero es que se trata de eso, ¡coño!, de una llamada perdida.

Dos. El teléfono móvil, en su afán individualista, comienza por extraer a su dueño (amo y señor de nada, en realidad) del grupo en el cual se encuentra en ese preciso y desagradable instante de echar a sonar, con una urgencia que pareciera la misma promesa maya del fin del mundo. En este sentido, el móvil, el celular, el telefonino, rompe el ritmo, demora, y hasta puede que desarme, la acción conjunta a la que todos, no sin las consabidas dificultades en el ponerse de acuerdo, se habían comprometido. Una imagen muy habitual en las últimas manifestaciones contra Todo (en especial en aquellas en las que el elemento juvenil es predominante, aun cuando no necesariamente) es la de los manifestantes colgados de su aparato y desatendiéndose de lo inmediato. De modo que, valga la paradoja, ya no están ahí donde están. Convierten esa falsa estancia en un mero lugar de paso, o si lo prefieren, en un no lugar. Y, de otra parte, el hecho de un sinnúmero de manifestantes llamando a la vez por teléfono, se transforma en la señal inequívoca, y frustrante para los presentes, de cuánta gente se echa de menos en la manifestación. Algo que el Todo entiende y ya no le preocupa la gente que está, sabedor de que, exponencialmente, es mucho mayor aqquella que no ha venido. Además de estar engordándoles las alcancías a las compañías de la incomunicación consentida.

Tres. Otra imagen recurrente de estas manifestaciones (políticas o simplemente festivas, lo cual es todavía peor) es la de quienes (cientos) utilizan el aparatito para fotografiar el ‘evento’, apartándose así de su realización. Y provocando, con ello, una deslocalización doble. Si con las llamadas es como –pero sin el como- abandonáramos el espacio que ocupamos, con la fotografía nos vamos del tiempo que vivimos en ese supuesto. Hablar con quien no está, es como rezarle a dios, impasible y omnipresente escuchador. Pero a los efectos, algo tremendamente inútil. Y la fotografía es cierto que nos hace autores de algo. Pero de Algo, triste resaltarlo, que no vivimos, que dejamos escapar de nuestras manos.

Cuatro.  Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano. Buendía había de recordar aquella tarde remota… El espectáculo está servido. ¿Pagaron ya su entrada?

martes, 1 de enero de 2013






MISERABLE
UNA PUERTA SE CIERRA
Y OTRA SE ABRE
Tomasa la Macanita

Arreando