viernes, 9 de noviembre de 2012

LA FUERZA DEL AMOR



a Fátima

María Mirona se llamaba la chica que más me quiso en la vida, aun cuando jamás en mi vida llegué a enterarme de qué veía en mí María Mirona para quererme tanto.

A veces le preguntaba:

-¿Qué miras, María Mirona, cuando me miras?

Y ella me seguía mirando sin contestar, de modo que tampoco yo era capaz de dejar de mirarla a ella.

--No me mires así, María Mirona –le dije, por fin, un día, y ella, por no me contrariar, hasta dejó de mirarme.

Yo, viendo que ahora María Mirona no me miraba, me puse a morir de amor en ese preciso instante.

¡Qué muerte más mala si no te miran!

¡Qué muerte más dulce!, los ojos de María Mirona mirándote hasta la muerte.


martes, 6 de noviembre de 2012

tontoievskianos



Michel Houellebecq: El mundo es un sufrimiento desplegado


Carmen Machi: Lo normal es sentirse bien. Será que no tomas activia

jueves, 1 de noviembre de 2012

RUMORES



En la Secta de los orgamistas  (popularmente conocida como ‘los de la Zambomba’) perdura un rito iniciático secreto (aunque no tan secreto si hablamos de ello) consistente en que el aspirante a Orgamista de Número, una vez empalmado –dicho de manera metafórica-, una vez tiene el miembro como el cuello de un cantaor (exageración flamenca recogida por Pedro G. Romero en su extraordinario Grandes dechados de un Arte grande), se ha de mantener inexpresivo, contenido, estatuario, mientras un caracol de jardín le recorre el susodicho miembro (cola, pene, pito), ahora en su máximo esplendor, desde un extremo al otro del mismo; o sea, desde la sínfisis del pubis hasta el desprotegido pero triunfal glande. Sólo si el caracol funámbulo logra coronar sin que el neófito a prueba decaiga en su resistencia ante los incontinentes empujes del Orgasmo, se le concede al pretendiente, al bisoño y, sin embargo, arrogante novio, el derecho a contar, con todos los pronunciamientos a favor, y como uno más de los mismos, entre los sectarios de primer año. Sandungueros los denominan, pues aunque dotados de la gracia, del donaire de los recién llegados, con su savia fresca, todavía le falta adquirir la experiencia suficiente (la cual siempre es poca) para alardear de ello entre los veteranos del Gremio.

Sobra advertir que semejante prueba, en sí misma una proeza digna del mayor encomio, sólo es factible superarla luego y a través de un arduo e ininterrumpido entrenamiento. Mas les podemos asegurar con responsable convicción, que ninguno de los aspirantes a orgamista entrevistados para la redacción de esta nota rumorosa, incluso aquellos que se quedaron a las puertas sufriendo un revés a todas luces lacerante, se mostró contrario a la misma.

En cualquier caso -nos aseguraron-  los duros meses, para muchos años, de entrenamiento nunca es un tiempo perdido, magdaleniense. A poco que te apliques, si verdaderamente te entregas, adquieres una ética, una manera de ser, que luego te ayuda mucho en la vida.

Diga usted que sí.

domingo, 21 de octubre de 2012

(del) Diccionario de las memorias y el olvido



EMPLEO. 1. Valga –si dios así lo tiene dispuesto- buscarle un empleo a las cosas. 2. Aquellas cosas que nos rodean por natural (como los árboles y los animales comestibles; las piedras preciosas; las piedras filosas; los ríos y los mares navegables; las montañas horadadas) y 3. aquellas otras cosas que precisamente se inventan porque ya se tiene claro cómo y en qué, por quién, van a ser empleadas (como el cuchillo, la cuchara, el Che Guevara; como la cuchara, el cuchillo, la hoz y el martillo). 4. Pero, mire usted qué desatino, qué desafuera tan grande, buscarle a un hombre un empleo.

ENCAPOTADO. 1. Negras tormentas agitan los aires,
                                        Nubes oscuras nos impiden ver.
2. O sea, que el cielo está encapotado.

ENCARNACIÓN. 1. Que la encarnación fuese un misterio, 2. sin duda facilitó el embarazo de muchas muchachas a la primera vez que ella y el novio se arremetían con la fuerza de un ciclón. 3. Luego, enterados los papas de uno y otro bando de las graves consecuencias del asunto, entre ellos imponían la obligación de casarse de los actuantes. 4. De penalti, llamaban a ese matrimoniar de urgencia y conveniencia para las partes. 5. Acaso porque no olvidaran, en la vida nunca jamás echaran de menos, que el matrimonio es la pena máxima por una falta a la que luego en la moviola se vería / sin la menor alevosía.

ENVEJECER. 1. No me da miedo envejecer, sino amargarme[i] 2. Es lo que tienen las almendras

ENVIDIA. 1. Cochina envidia. 2. Quien se muere de envidia, 3. primero encoge y luego 4. se va sin que nadie lo eche de menos.


[i] Carlos Pazos. Garabatos y zarpazos.

martes, 16 de octubre de 2012

Lorca no está en su tumba



Había una vez un joven agente de policía de la ciudad de Nueva York que, sin verlo venir, como en un aprieto, se tropezó de repente con Federico García Lorca mientras éste andaba de compras por la acera de los impares de la Quinta Avenida de Manhattan, entre la 34 y la 59.

Al principio, claro, no lo reconoció, pero como era de la policía y debía saberlo todo -cuanto pasara, incluso por accidente, en las calles en las cuales patrullaba- enseguida se preguntó quién sería aquel granadino tan extravagante.

En Nueva York no había la costumbre provinciana de vestir pantalones bombachos, como eran los que ese día llevaba Federico. Traje de pantalón bombacho y unos calcetines claros tejidos a mano cubriéndole el resto de sus piernas, las cuales de otro modo le habrían quedado descubiertas, siendo una tarde fría como era la tarde de la que hablamos.

Semejante catadura, así pues, fue lo que supuestamente extrañó al joven policía, aunque los neoyorquinos, por lo general, vistan de forma aún más rara y confusa que los de otras partes del mundo.

Entonces, teniendo en cuenta esta última circunstancia, cabe suponer que quizá Federico sorprendió gratamente al policía, pues ya se comentaba, no sin algo de exageración, lo bien que caía Federico a todo el mundo. Su duende, su halo poético, como una corona de santo, se maravillaban los más afines, brillaban allí donde él rondase. Incluso cuando el ambiente le resultaba adverso como en este caso, pues Federico no hablaba ni gota de inglés y, por las fechas en que ocurrieron los hechos, tampoco puede pensarse que hubiese en Nueva York muchos policías latinos, como Andy García, y casi todos ellos eran de origen irlandés, blanco y profundo.

Pero vale. Fuera por lo que fuera, porque recelase de Federico o porque la figura de Federico lo atraía como las luces de una feria de mucho bullicio, lo cosa fue que el celoso agente extendió hacía él su brazo izquierdo –el derecho no lo apartaba del arma reglamentaria: una glock 17- y con brusquedad proporcionada se apoyó sobre el hombro acolchado del poeta, mientras le ordenaba:
Identifíquese, haga usted el favor.

Federico no se alarmó ante la actuación francamente hostil del madero. Tan acostumbrado estaba a que lo pararan en medio de cualquier calle –de Nueva York o de Churriana; de Lanjarón o de Buenos Aires, La Habana o Montevideo- por aquello de solicitarle un autógrafo, que en lugar de encresparse como correspondía, pues nada malo hacía para que la Autoridad se fijara en él, lo que en cambio hizo fue sacarse del bolsillo un ejemplar del Romancero gitano vertido al inglés por el mismísimo Leonard Cohen, firmar en la página de cortesía con su nombre completo en lugar de con la precipitada rúbrica con que solía responder cuando sólo buscaba salir del paso, y entregárselo premioso al solícito joven, a la vez que no dejaba de mostrarle la mejor de sus sonrisas andaluzas.

Éste, no obstante, pareció mosquearse bastante ante la actitud –la tomó por desacato- complaciente de Federico, y sin más, acaso movido por un automatismo síquico, desenfundó la pistola, la engatilló con la presteza aprendida en la Academia y, por si un fuera a ser que, allí mismo le descerrajó tres tiros en el pecho, aprovechándose de la fácil diana que le presentaban los tres botones dorados de la chaqueta del poeta.

Sobra decir que antes de desangrarse sobre la acera, Federico ya estaba muerto. Lo que después sucediera o dejara de suceder en Granada una noche agosteña al filo del alba más oscura, no será sino la confusa trama, el artero ardid pergeñado por el efebei a fin de dar rápido carpetazo a un asunto que tanto le comprometía.
 
Probablemente a ello se deba el que su cadáver no aparezca por ninguna parte. Ni siquiera allí donde de a las de veras lo mataron.