sábado, 23 de septiembre de 2017
domingo, 27 de agosto de 2017
DE POETAS Y POETOS
Los hombres amán a las
mujeres con desesperación: su propia desesperación. Desconocen, desprecian
cualquier otra circunstancia que, inclusive, pudiera ser suficiente para
hacerlos felices. Los hombres no comparten la felicidad, se la adueñan y
ejercen sobre ella todo el poder cobrado en la conquista. Es el cuerpo de la
mujer, y no la mujer, eso buscado por los hombres: un territorio donde ejercerse.
Así las cosas, ¿cómo no vivir con violencia lo que se ganó violentamente? El
hombre ama como un ejercicio de fuerza.
¿Justificarlos? No.
Desnudarlos. Exhibirlos. Exponer a la luz del sol, al desafío de las
costumbres, la miseria de la mirada más arcana de los hombres, aquella que los
poetas, diciendo adorar a la mujer por sobre ellos mismos, han pergeñado en sus
versos como la imagen de la mujer que más se ciñe a sus deseos de una mujer
incorpórea.
El hombre vence siempre, por
eso si la pelea no es noble. La mujer asiste ahí como la sombra. Como la sombra
de un boxeador con la cual se bate a sabiendas de que será él quien golpee.
Pero no, el hombre ama a la mujer que no le hace sombra.
(en escena, el desigual
combate de un hombre contra una mujer. Mientras, se escucha, muy suave, lejana,
profunda, la lectura de dos poemas y el verso de un tercero. Dos pertenecen a
José María Fonollosa, de su poemario Nueva York: Ciudad del hombre. El otro, a
Andrés González Blanco, Poemas de Provincia. Fonollosa es brutal y directo,
demasiado suficiente. Andrés González, tibio y condescendiente, falsamente
humilde. Lo destacable es que uno y otro hablan de lo mismo sin reservas.
Buscando en la mujer cuanto le sea provechoso
1
“No hay nada bueno en ti. Por
eso te amo.”
2
Novia
de la provincia, que eras ardiente y bella
y
tenías los ojos negros de apasionada,
en
mi alma has dejado tan perdurable huella
que
a pesar de los años aún no ha sido borrada.
Toda
mi vida entera de ti está perfumada;
y
cuando ensayo a solas mi elegiaca querella,
aunque
leáis el nombre de alguna nueva amada
podéis
creerme; es sólo por ella, sí, por ella.
Bien
sé que he profanado su nombre varias veces
y
que he apurado el cáliz del tedio hasta las heces,
buscando
en los placeres alivio a mi inquietud.
En
vano, amigos, ha sido en vano;
mi
vida se reduce a un amor provinciano
después
del cual ha muerto mi loca juventud.
3
Todos
tienen derecho a usarla. Todos.
La
lluvia no mojó sólo una calle
ni
el sol salió para uno solo.
La
mujer es para eso, paraíso,
para
uso de los hombres. Campo abierto.
Es
fácil de entender. Es bien común.
Es
la hembra de la especie. La de todos.
Y
ha de entregarse a aquel que le apetezca.
Por
eso va cambiando de un hombre a otro.
Esa
es su utilidad como mujer.
Por
tanto, aunque se tome por la fuerza,
es
mi derecho a usar lo que es de todos.
Así
habla el hombre a solas. Cuando está solo y sale en acoso de la mujer que ama,
porque odiarla ya no le parece suficiente.
miércoles, 2 de agosto de 2017
jueves, 27 de julio de 2017
CONTRA LA ESPIRITUALIDAD Y OTRAS CONTRAS
El
silencio está sobrevalorado. Lo mismo el silencio de Duchamp que el de su
porquero.
De
quien calla se espera que, luego, obre maravillas. Pero la espera suele hacerse
tan angustiosa, que ya no da para ver cómo ocurre la epifanía del habla.
Lo
harpocráticos alababan el silencio de Harpócrates, su dios, pensando que de un
dios sin voluntad expresa, jamás podría venir daño alguno para ellos.
Guardad el silencio debido. A día de
hoy todavía me sigue provocando una ligera comezón el recuerdo de unas placas
de porcelana descascarillada que se exhibían a las puertas de algunas iglesias
granadinas y a la entrada de los cementerios de los pueblos de alrededor. Nos advertían
que estábamos en la Casa del Señor. Nos decían que nos encontrábamos en el
territorio de la muerte. Lugares, ambos, donde el silencio era una deuda
contraída. Así fue como, poco a poco, pero extendiéndose al igual que una
sinécdoque, aprendí que el Señor y la Muerte, el Poder y la Muerte, son compañeros
del alma, tan callados… Y viví temeroso del habla durante un tiempo, hasta el
día –como de pentecostés negro- en que un pensamiento terrible se adueñó de mí:
De lo que no se pueda hablar hay que blasfemar.
Bastaría
dar con el nombre exacto de las cosas para que las cosas respondiesen, prontas,
al llamado. (De la cábala mística al materialismo dialéctico. Una controversia)
Los
epicúreos hablan una vez se sienten satisfechos. Y ello es así en señal de
agradecimiento. Jamás dirán nada mientras algo crean que les falta, pues hablar
en necesidad significaría el principio del fin de su filosofía.
En
lo más alto de los eremitorios se solía pintar un gallo de vivos y refulgentes
colores. Mudo como era ese gallo por padecer del mal de la piedra: el silencio,
despertaba, no obstante a los dormidos eremitas repitiendo sobre sus ojos los
primeros rayos del sol.
No
está dado elegir entre la palabra y el silencio, así entre los dos corriera una
guerra despiadada para mantener a salvo sus respectivos territorios, y en el
curso de la cual cada uno de nosotros, como cada una de nosotras,
distintamente, tuviese la dudosa posibilidad de añadirse por voluntad a este
bando o a aquel bando. Pero ocurre, se nos ocurre, y es entonces que las
guerras se declaran de un bando y del otro se asumen sus consecuencias. Va a
darse la batalla final. El parlante arrea el primer golpe, porque ya lo llevaba
en su palabra. El silente recibe la trompada y probablemente muere en ese
aserto victorioso como es cumplir hasta la muerte: Que ni la mayor de las adversidades te haga ni siquiera rechistar.
Es duro pero es así como se cuenta. A la noche, los parlantes dan su reino
sobre la tierra por invencible, pues de todas partes surgen voces triunfadoras.
Los silentes, enterrados con los honores debidos a los que en vida no llegaron
a rendirse, ven cómo es que a la tierra prometida sólo regresan los que una vez
callaron para siempre.
En
el momento de la muerte, justo entonces, cuando podría resultar alivioso tener
un aliado incondicional al lado, el alma abandona el cuerpo silenciosa. No cabe
mayor traición ni cobardía. Tampoco da tiempo al cálculo.
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