sábado, 1 de febrero de 2014

FINGIENDO LA ESCRITURA AUTOMÁTICA



Sí, se puede, hay escapatoria de éste y de aquel otro laberinto. En principio, porque, hablando de ellos, empezamos a sentirnos fuera, aun cuando nunca alcancemos la certeza de si los que nos acompañaban (con quienes, sin embargo, no contamos, pues sus palabras contrariarían las nuestras) siguen todavía dentro. Los laberintos, por si faltara, tienen dos puertas: de entrada y de salida, y el hecho cierto de no distinguir la una de la otra (así las palomas lorquianas) nos ampara en tanto nos confunde, si bien sirva, igualmente, para elevar la crueldad a principio fundacional del laberinto como institución. Pero contando con que el tiempo perdido (Proust nos lo devuelve) es largo, no saber si se está adentro o afuera nos da una confianza firme de seguir un sendero recto. Al menos, así lo debe pensar todo aquel convencido de vivir su propia vida. En caso contrario: visite a su psiconalista. Luego de sucesivas sesiones –cincuenta minutos que habrá de restar de alguna otra parte- comprenderá, veloz, que le están cambiando su laberinto por el buen laberinto. Luego –pues son los luego  los que se suceden y no las horas- habrá un día en el cual por fin vea la luz, pero quizá, para entonces, sea incapaz de distinguir si está apagada o encendida.

Vivir, aseguran, es un viaje. Tal el de Groucho Marx: desde la nada a la más absoluta de las miserias, aunque esta sentencia –rotunda como la redondez lampiña de una bola de billar- a quien más le correspondiera asumir, visto lo visto, es a su primo Karl. ¿Quiere decirse que sin la gracia del viaje no viviríamos? Pues a mí, señor mío, me va más la vida sosa. Quedarme en casita y compartir mis ralas aventuras con las musarañas, que son las que pagan el alquiler. Así las cosas, cuando mi padre –vino a verme en expreso para ello- me sugirió que me hacía falta tratamiento, para no desairarlo: asentí, con la condición innegociable de que las visitas fuesen a domicilio: el mío. Y sucedió. Un día a la semana me visita el arregla-cabezas y durante cincuenta minutos le cuento todo lo que no me pasa. Él se muestra muy interesado. Me escucha atento y de vez en cuando hasta hace unas rápidas anotaciones en su libreta moleskine. Para qué, ni lo sé ni mi importa. Es su problema –a medias con mi padre que corre con los gastos. A sesenta euros al día, cuatro días al mes, para agosto, o a más tardar en septiembre, habrá ahorrado lo suficiente para pagarse un viaje a la Patagonia, donde sea que empiece a vivir, él también, en la inmensa soledad por donde solo cruzan las vacas, animales muy poco dado a la cháchara, pero con una mirada harto comprensiva.

Lo terrible de escapar a ciegas del laberinto, es que allí te espera Ariadna para desmontarte cualquier grandeza que tú ya le concedías a la aventura.

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