miércoles, 28 de agosto de 2013

EL PRECIO DEL PAN -V-



L
as Leyendas acerca del Pan –su Origen y su Naturaleza axiomática- son múltiples y variadas. Van de un extremo a otro de lo imaginable, cogiendo de aquí y de allá, como los ríos que hacen de su recorrido un capricho indispensable. Así, por ejemplo, en La Alpujarra todavía queda quien insiste en que el Pan lo inventaron (sic) los Moros huidos de Granada y venidos a refugiarse –cual bichos acosados- en esos riscos inaccesibles a la Fe cristiana, incapaz de mover montañas. Motivo por el cual –sostienen no se sabe bien si con hinchada credulidad o con ese sentido del Humor tan misterioso de los alpujarreños- el Pan se presenta marroncillo por fuera y blanco por dentro, tal y como piensan que eran igualmente los moriscos. Y como estos, de roce áspero e inaconsejado, mas cuando a la noche desfallecían ya en el recuerdo de las lágrimas que a Boabdil (quien dicho sea de paso: ¡qué mala Madre tuvo el pobre Chico) le provocó la pérdida irremediable de la Bella Alhambra en el lugar que llaman El suspiro del Moro, se vuelven del revés y adquieren un acariciar tierno, suave, remolón; semejante a aquel sentido por las mejillas al descuidarse sobre un almohadón relleno con el vello apenas insinuado –sólo al Sol de través se ve- de una Camada de Adolescentes.

Sin duda, el Cuento es Hermoso, pero como todo lo Hermoso: un Cuento.

E
l Pan y el Vino o el Bienestar en la Cultura[1]. Los rudimentos de un Estar que niega –y reniega, requeteniega- la siempre falsa compostura del Ser. El Vino –dicen- acorta la vida. El Pan –aseguran- la alarga. Equilibrada pareja para facilitar que esto de vivir tenga la duración medida que a todos y a ninguno nos interesa. 



[1] Apostilla antifreudiana del Profesor Luis Castro.

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